Barbara, de Christian Petzold. Vivir en el encierro

José Lagos

Las palabras son olas que recorren la mar. Algunas tímidamente asoman su onda y regresan al fondo del que son parte; algunas más levantan su cresta con tibieza, diluyen su fuerza y se extinguen. Pero hay otras, no necesariamente las más fieras pero sí las más consistentes, que forman oceános y rocían su brisa tierra adentro.

«Alemania sigue dividida. Tenemos el mismo idioma pero, prácticamente, no hablamos el mismo». Con estas palabras, que bien podrían asemejarse a ese tipo de olas consistentes, Dieter Kosslick (director del reconocido Festival Internacional de Cine de Berlín, Berlinale), presentó en el Festival Internacional de Cine de Morelia Barbara (2012), película dirigida por el alemán Christian Petzold. Barbara redituó a Petzold el Oso de Plata al Mejor Director en el Berlinale de este año, y también fue seleccionada para representar a Alemania en los Premios Oscar a Mejor Película en Lengua Extranjera. Christian Petzold pertenece a la Escuela de Berlín, movimiento cinematográfico que, según Kosslick, es como la Nouvelle vague francesa: de difícil descripción.

Barbara, a grandes rasgos: Años antes de la llamada reunificación alemana, cuando muy pocos imaginaban la caída del muro de Berlín, la doctora Barbara, tras solicitar su expatriación de la Alemania socialista (la República Democrática Alemana, RDA), es reasignada de Berlín a un hospital de provincia como castigo. Aislada de lo que conoce, bajo vigilancia disciplinaria y relaciones empáticas que estrecha en poco tiempo con su jefe, Andre (quien es informante de la policía); sus jóvenes pacientes (Mario, suicida); y Stella (quien es perseguida por la policía), se enfrenta a una encrucijada sin regreso: culminar un metódico plan elaborado por su amante (de la Alemania federal) para escapar de la RDA, o dar paso a sus pulsiones y liberar a alguien más a costa de su libertad.

Si bien Barbara es un filme que centra su limpísima narrativa, su fresca fotografía y su aguda reflexión en la Alemania socialista, no se trata, contrario a lo que algunos pudieran pensar, de una apología del capitalismo y el mundo unipolar. Más bien es un abordaje de la brecha profunda que, tras casi 23 años de la caída del muro de Berlín y 22 de la «reunificación alemana», no se ha podido salvar. Es la expresión de que en toda sociedad, el anormal se viste de reo o con bata de paciente. Es la disputa individual entre las pasiones y los intereses, como lo escribiera Hirschman, como símbolo de la globalidad contemporánea. En suma,Bárbara no es un filme alegre, pero sí interesante para las aguas que corren.

Publicado originalmente el 05.11.12

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