La casa Emak Bakia. O cómo bucear con aletas de azar

José Lagos

El mundo no es pequeño, es azaroso. O al menos esa premisa sale a flote durante los 83 minutos de La Casa Emak Bakia, documental del director español Oskar Alegría, que, en el marco del FICM, se presenta en México como parte de una distribución casual, como dijera el mismo realizador.

Las tendencias estéticas en el cine contemporáneo contemplan recombinaciones discursivas, intertextualidad narrativa, metaficción y fragmentación, entre muchas otras. Quizá sea ése el espíritu acelerado de las últimas décadas; desde Woody Allen, Almodóvar, Tarantino, Scorsese o Lynch. Todos ellos unos monstruos. Aunque, sin duda, esta tendencia no es propiedad del cine ni únicamente de estos directores. Hay también infinidad de producciones que se identifican con ésta. Sin embargo, muchas de ellas no alcanzan siquiera a constituir una serie penosa de retazos zurcidos con la aguja maniquea del discurso a posteriori que les da cuerpo y lugar en los estantes (concedamos) del postmodernismo. En otras palabras, existen múltiples intentos cinematográficos que presumen esta tendencia; pero, después de un vistazo serio, encontramos desconexión entre lo filmado y la intención.

La Casa Emak Bakia no es uno de ellos, bien podría pasar como un híbrido finamente logrado entre documental y ficción; aunque su indexación sea la de documental. Y es cierto, lo es, pero uno muy peculiar. Contiene elementos que podrían ubicar esta película en un apartado del documental que se identifique armónicamente con las tendencias estéticas contemporáneas.

Desde el inicio del documental, terminado en enero de este año y grabado en HD, me sorprendió que, así como en los microbuses del DF, donde se exhiben epígrafes como «no ando pedo, así manejo» o «gordas no subo», que sirven como mecanismos identitarios, así también en el País Vasco, al menos en su parte francesa, nombren las casas mediante placas que colocan en las fachadas: «Hecha por nosotros mismos», «El esfuerzo de mil noches», «Es una casa sin nombre», «Mansión mándame queso» o «Déjame en paz»; este último significado en español del vasco Emak Bakia. La Casa Emak Bakia, como las frases icónicas del humor popular del DF, también tiene historia. Oskar Alegría, incitado por un filme homónimo de Man Ray, emprende un camino por encontrar la casa (llamada así, Emak Bakia) donde éste solía pasar sus vacaciones cerca de Biarritz.

Muy pronto, Oskar y el espectador se dan cuenta de que la casa está perdida. No existe ubicación de su paradero, ni registros oficiales históricos ni fotografías. Únicamente tomas cerradas sobre detalles de la arquitectura que se observan en el filme de Man Ray. Es todo.

¿Por dónde empezar? ¿Cómo encontrar una casa capturada en el abismo del celuloide? O más aún, ¿dónde está lo perdido? ¿A dónde van las palabras que mueren? En la pérdida está la respuesta, en el fondo está el naufragio, responde Oskar Alegría.

Así, el documental transita un camino azaroso para buscar una casa de la que parece no saberse, y de la cual, quizá, sólo sea una excusa para ir tras los restos de una cuestión trágica: la muerte de la lengua, el naufragio del idioma vasco.

Es sabido que quien apuesta su vida en el azar está condenado, pero, ¿sucede lo mismo con quien navega la vida con las aletas del azar? ¿Quién puede saberlo sino la libertad?

Con esto, el documental nos arroja al fondo del mar y en él, encontramos un payaso al que filmó Fellini; otro más que erigió su tumba en vida; un diseñador de moda; un músico de música imperfecta, de frágil equilibrio; un escritor, coautor de Man Ray: director de malas películas; unos cerdos; un guante que coquetea con una servilleta; una senil princesa rumana, campeona de tenis de mesa y prima de Nabokov, y, también, habitante en la infancia de la casa. De la casa Emak Bakia, de la casa déjame en paz.

A decir verdad, el documental comienza con un tono pretencioso, molesto; pero no, sólo es una actitud propia del clown, de quien justamente Fellini preguntara si podía morir. Si necesitamos un refugio habrá humor, habrá esa ligera y desequilibrada membrana entre el mar y la tierra, entre la locura y la lógica desaforada. En fin, en una película sobre el azar, como en la vida, lo que importaba no era encontrar la casa, sino el camino. Navegar el barco.

 

Publicado originalmente el 06.11.12

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