Querétarock: Un congreso, mezcal y música

La intensión siempre fue, y debo de ser sincero con ustedes, la de asistir al congreso en su totalidad, estar presente en todas las actividades, y me entusiasmaba el hecho de conocer los distintos proyectos, pero más que nada, el conocer a las personas que están detrás de la elaboración de revistas o publicaciones culturales. Eramos cuarenta y tantos, de todos lados… Tijuana y Mérida, playa y sierra, catalanes y corsarios. Ciertamente era un caos, agradable a la vista y armonioso al oído; réplicas y manos levantadas… y las cuestiones surgían más y más. ¿Qué será de nosotros? ¿Dónde quedarán las publicaciones? ¡Profesionalizar, exigir, etc…? Temas y discursos sobre la digitalización, cosas ya rebuscadas desde años atrás, pero que tardamos en entenderlas.  La evolución del hombre avanza con mayor rapidez, día con día, y de su comunicación, ni hablar. La mezcolanza era aún más impresionante, el choque generacional de quienes empezaron su vida antes de la “era de las pantallas”, quienes nacimos entre el progresivo cambio y vivimos el auge de la tecnología que nunca descansa, y los que nacen y son hijos de este siglo.

El tiempo se reduce cada vez más. La existencia del zeptosegundo, la miltrillonésima parte de un segundo, y la infinidad de segundos que se multiplican. No queda espacio para la reflexión, todos quieren llenar los vasos que derraman agua y se hunden en un hedonismo de ignorancia brutalmente cultural. Y en todo este caos, nuestro congreso tomaba forma, pero alejado de las cuestiones fundamentales y opacadas por cuestiones superfluas. ¿Cómo vamos a despertar a una sociedad que no tiene tiempo de respirar? ¿Qué tipo de cultura queremos compartir? ¿Qué tipo de cultura somos nosotros? ¡Institucional, privada o extranjera!
Después de esa primera mesa, de ese primer día, y de todas estas cosas del zeptosegundo, la idea cambio. Era ahora la inquietud de conocer a una sociedad de fuertes contrastes. Caminar por las calles y perderse en la capital de Querétaro. El centro y su adoquín de cantera, iglesias y capillas por todos lados, fuentes danzantes y los rastros de la vida colonial entre las miradas de la gente. Criollos, mestizos, indígenas. Pobreza y riqueza por los andadores del centro. Conín y su gente a medianoche, haciendo limpieza en los barandales de puentes peatonales. Corredores juntando la basura y siguiendo aun camión por las angostas calles, y los hijos de la Marquesa, volviendo loca su cabeza con las viejas costumbres. Mezcales secos , gajos de la vida ostentosa, dulces como las naranjas, y placeres escondidos entre el laberinto de bares, en otro lado, al lado de construcciones viejas, escuchando a un soundsystem desde un baño mixto, esperando turno, fumando y saltando de un circulo a otro.

Ese es Querétaro, dónde se concentran grandes capitales, corrientes políticas nacen, izquierdas y derechas, fábricas culturales y a donde baja la gente de la Sierra Gorda en busca de un futuro sistematizado. Es Querétaro un lugar donde viven las viejas clases de una antigua colonia virreinal.
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