Morelia siguió viviendo

margaritazavala

En esta ocasión no escribiré sobre una película, sino sobre lo que viví alrededor de una. En el marco de una presentación del documental Carrière, 250 metros, del director Juan Carlos Rulfo y Natalia Gil Torner, Margarita Zavala, esposa de Felipe Calderón, acudió al FICM. Recibió la escultura El Ojo, como reconocimiento que le ofreció el festival.

Terminando el acto protocolario, me dirigí a la Sala de Prensa a continuar escribiendo. Pasada aproximadamente una hora, escuché alboroto en el exterior. Para entonces, la  seguridad que acompañaba a Margarita Zavala se había hecho más notoria, supuse que el documental al que ella entró estaba a punto de finalizar. Por la calle Guillermo Prieto, contigua al Jardín de las Rosas, a sólo dos calles del Cinépolis Centro, recinto principal del festival, avanzaba a paso lento una marcha de estudiantes normalistas, lanzaban consignas recordando los acontecimientos recién sucedidos en la Normal de Tenería y también contra el Gobierno Federal; dieron vuelta por el Jardín de las Rosas y el ambiente, de pronto, se crispó. ¿Se habrían enterado de la presencia de Margarita Zavala? ¿Avanzarían hasta su encuentro? Algunos fotógrafos corrieron hasta el corazón de la marcha y oprimían una y una otra vez sus clics contra un espontáneo que bailaba al son de la comparsa normalista que acompaña la marcha. Agitaba en el aire un sombrero de mariachi que algún estudiante le había facilitado, zapateaba con alegría. Otros periodistas observaban emocionados desde la distancia. El paso del contingente se detuvo a 100 metros del cine. La gente que caminaba por el  lugar los observaba inmóviles, algunos asomaban tímidamente su celular para guardar constancia de lo que sus ojos también veían y así reproducirlo más tarde, con la calma que otorga el tiempo sucedido. Los comensales que bebían cerveza en los bares del Jardín giraron sus asientos y arrojaban el humo de cigarro hacia la marcha, como si quisieran alcanzarla. La calle se volvió una fiesta. La voz de un orador irrumpió desde una camioneta que transportaba grandes bocinas y con las cuales se potenciaba su: Estamos aquí marchando porque el gobierno federal ha emprendido una serie de ataques contra las normales rurales…  El espontáneo que bailaban con sombrero de mariachi dejó de hacerlo, siguió caminando y desapareció. Los fotógrafos dispersaron sus lentes en el rostro sudoroso de una muy joven normalista, en la comparsa que seguía tocando o en el joven del discurso. La gente seguía mirando, los celulares seguían asomados. El sol, que días antes le había dado cielo a la lluvia, reinaba en todo lo alto. Las manecillas de mi reloj se acercaban a las 14:00 horas, Margarita estaba próxima a salir. La marcha avanzó, las preguntas muy pronto se desvanecerían. En mi cabeza sonaba Hope Overture. Los federales corrían, empuñaban con fuerza las radios. Daban instrucciones, articulaban claves. El tiempo se había detenido. Los pasos se ralentizaron. Algunas aves se posaron en los árboles. Los clics dejaron de sonar. Las miradas se concentraron. ¿Era cierto lo que veía? 50 metros los separaba. La distancia se había acortado. La vanguardia rasgó El nigromante,  sólo una calle. Sólo una calle, algunos pasos. El encuentro era iminente. El tiempo, el sonido, los pasos eran nada… y de pronto, la marcha cambió de rumbó. Subió por El Nigromante y las preguntas desaparecieron. Los pasos se aceleraron, la comparsa siguió sonando y Morelia siguió viviendo.

normalistas

 

 

Publicado originalmente el 09.11.12

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