Tranquilo, es Sólo el viento

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José Lagos Es bien conocido que un fantasma recorre la Unión Europea, el fantasma de la crisis económica. Y en ella, como en todas las crisis, además de todo, existen víctimas invisibles y victimarios ocultos. Los efectos de la crisis agudizan las condiciones culturales de por sí tensas en la que se instala. Los discursos más rádicales encuentran terreno fértil. Las culpas son fáciles de repartir en el vacío, y la sociedad explota contra sus minorías históricas más débiles y marginales.

En Hungria, país de la Europa Central, durante el 2008 y el 2009, grupos ultraderechistas atacaron violentamente a la comunidad gitana. 16 casas atacadas con bombas molotov, 63 disparos, 55 víctimas y 6 personas muertas fue el saldo. La opinión negativa hacia la comunidad gitana en Hungría, según algunas cifras*, alcanzan hasta el 70%. La xenofobia y las agresiones raciales son pan de cada día. Tan sólo con googlear “hungria comunidad gitana”, damos cuenta de ello.

Incitado por estos acontecimientos, Bendek “Bence” Fliegauf (1974), director autodidacta húngaro, realizó Sólo el viento (Csak a szél), mismo que se presentó en el Berlinale de este año, obteniendo un Oso de Plata. En México se presentó gracias a la programación especial de cine húngaro del FICM.

Sólo el viento es una intermediación artística sobre una condición violenta. Es una ficción sobre un hecho sucedido. Es una mirada íntima, casi siempre en primer plano, sobre un fenómeno continental. Es una historia sobre la condición gitana, actuada por mismos gitanos no actores. El filme puntea la cotidianeidad, concentrada en pocas horas, de una madre; el padre de ella, un anciano en cama; un esposo migrante en Canadá; y dos hijos, niña y niño. Todos ellos gitanos. La familia, filmada en microuniversos colindantes, en donde cada uno actúa procurando el núcleo del que son parte, respira el miedo; grupos desconocidos han asesinado a varias familias de la comunidad. La tensión y el sudor frío aumenta hasta que cae la noche, y el viento hace suyo el silencio…

Cuando la sala se encendió y los espectadores debieron levantarse y salir, no se levantaron ni salieron. Yo tampoco lo hice. Conviví 86 minutos, duración del largometraje, con una familia ficcional y una condición terrible que no conocía. Sentí su tragedia como mía. ¿Qué pasó? ¿Por qué la sala no se levantó de inmediato? Me pregunté cuando al fin me levanté de mi asiento. Tranquilo, es sólo el viento, me respondí.

*Cifra referida en La tragedia diaria de los gitanos en Hungría.

Publicado originalmente el 06.11.12

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