«Diario a tres voces», de Otilia Portillo Padua

Pamela Zara

Ni amor reanudado, ni chocolate recalentado. Anónimo. 

Si las historias amorosas de Disney son tus preferidas, ésta película no es para ti.

Al terminar la función de Diario a tres voces, una mujer le dijo a Otilia, la directora: “Gracias por hacerme vivir mis 15, mis 50 y mis 90 años”. No pude más que estar de acuerdo.

aldegunda

Con este documental (que no es para nada tedioso), podemos entender cómo definitivamente el amor no es como lo pintan en los cuentos de hadas. Tres mujeres de distintas generaciones parecen conversar directamente con nosotros sobre sus vidas y sus experiencias al amar, permitiéndonos verlas familiarmente y encariñarnos con cada una, viéndonos reflejados o recordando a alguien más a través de ellas. Sus palabras son sencillas y concisas, las escenas de su vida son encantadoramente cotidianas y las historias demuestran que aunque el amor puede ser efímero, nunca el amar dejará de ser trend.

Este largometraje, es la segunda obra documental de Otilia Portillo Padua. En él, transmite una calidez humana impresionante, es un homenaje a las mujeres en toda regla. No dejarse oprimir por nadie, no dejarse engañar con el “y vivieron felices por siempre”, no estar conformes porque “así deben ser las mujeres” son enseñanzas valiosas que reafirmé viendo este filme. Creo que no he tenido una experiencia de tanta compenetración con una peli como la que viví hace unas horas, al ver “Diario a tres voces”. Si fuera por mí, la pasaría en todas las escuelas secundarias posibles; son experiencias verdaderas, vividas por personas verdaderas que, sin ser agresiva, nos da un zape al espabilarnos.

Las historias de Monse (así, sin “t”),una adolescente en contra de los estereotipos; Norma, una mujer plena y autosuficiente; y Aldegunda, que se define a sí misma como “niña otra vez”, podrían estar sucediéndote a ti, o a alguien muy cercano. No sé, esa familiaridad discreta me fascinó completamente.

Monse es una chica que se debate entre dos amores, nos enseña los regalos que le hacen por aniversario, cuenta que aprendió a bailar tango porque quería demostrar en su fiesta de XV años su personalidad pasional. Dice que en un futuro se ve casada y con hijos, a pesar de que cree que las chicas no deben dejarse guiarse por lo que ven en la televisión. Además cuenta que supo que las cosas con su novio no andaban bien cuando dejó de tardarse media hora para decirle bye, y lo feo que sintió cuando él le preguntó si quería ser su “no novia”. Sinceramente, a pesar de compartir una edad similar a la mía, fue con la que menos me identifiqué, aunque hubo algunas semejanzas que despertaron la hilaridad de mi mamá, que fue conmigo a ver esa película; como por ejemplo la música que escucha Monse.

Norma comienza su historia narrando cómo ella no sentía demasiado interés en el que más tarde sería su esposo, explica detalladamente su boda, enseña lo que traía puesto, cómo fue ese día, y cómo le pareció que todo siempre sería perfecto. Estaba equivocada, dice: “Este lazo se suponía que era para mantenernos juntos toda la vida, pero creo que no es de muy buena calidad porque no sirvió”. Nos muestra muchas fotos de su viaje de bodas, parece hablar con ligereza sobre su vida de casada, de su emoción al estar recién casada, de cuando fue necesario trabajar para contribuir con la economía familiar y le gustó la sensación de ganar dinero. Explora los silencios que crecían entre ellos, del divorcio, de un curandero que la ayudó a salir adelante, de “el cometa Halley”. Un amor que es tan luminoso que no importa si sólo lo vemos una vez en la vida, fuimos testigos de cómo se preparaba para su fiesta de 50 años. Me dio la impresión de que era una mujer muy segura de sí misma, alguien que seguro querrías que fuera tu amiga. Me encantó la manera en que buscó reafirmarse, en que pudo liberarse de todos los ideales del amor que, creo yo, le inculcaron. Y logró ser feliz.

Aldegunda, la tía abuela de Otilia, una mujer mayor que proyectó una vitalidad pasmosa, fue sin duda la estrella de la película. Es que tener esa mezcla de nostalgia, buen humor, experiencias y carácter es prodigioso. Ella platica —con ese gusto característico que tienen los mayores cuando al platicar salen a flote recuerdos de sus vidas—, cómo tenía tres novios, cómo le escribían cartas o cuando le regalaron un cervatillo que su papá soltó porque no la dejaban tener novio. Algo memorable fue cuando dijo que una vez prefirió entrar a su casa sin charlar con uno de sus novios, él balaceó la puerta y eso le pareció “muy bonito”. Nos explica con un poco de tristeza que su destino fue Facundo, “me tocó amar a un hombre que no me quería”, ya que después de que la hija de ambos naciera, se fue a casar con otra mujer. Me deleitó ver su aire de rebeldía al fumar y el aire indiferente para que su amiga le dejase la cajetilla de cigarros, su resistencia a no quererse abrochar completamente el camisón, su independencia al desenvolver un dulce a pesar del temblor de sus manos, su orgullo al referirse a Facundo como “hijo de puta”, sus travesuras al mentirle a su nieta sobre “una muñeca grandota que decía mamá y papá”. Me recordó mucho a mi propia tía abuela, se llamaba Lina y padeció Alzheimer, hacía que se olvidara de que estaba casada y le preguntara a su esposo por el amor de su vida (quien por cierto, no era mi tío abuelo), pero a quien todos obedecían sin rechistar, ya fuera que pidiera que atendieran a las visitas o que le preparan un chocolate caliente porque le apetecía sopear su pan de yema. He escuchado a mucha gente decir “ya no existen mujeres así”, pero como lo dicen desde 1949, tengo fe en conocer así, o ser yo misma, otra Aldegunda u otra Lina. Una mujer chingonsísima (perdón, no encontré otro adjetivo que tuviera la fuerza de esta palabra).

Para mí, lo que  asemeja las tres historias (dejando de lado que las tres son mujeres, mexicanas y heterosexuales), son las ganas de amar, su forma de vivir el amor (lleno de ideales). La desilusión que vivieron no las condenó a la amargura eterna ni le rogaron a sus parejas otra oportunidad, conservaron siempre su dignidad, luchando contra la sociedad en la que vivimos para que no las oprimiera. Monse, Norma y Aldegunda son tan merecedoras de atención y elogios como todas las mujeres que han resuelto cada conflicto en su vida con pasión y sagacidad.

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Una respuesta a “«Diario a tres voces», de Otilia Portillo Padua

  1. Mujeres de siempre valientes, fuertes, enteras, me regalare la oportunidad de deleitarme con este largometraje; Pamela me llevaste escenario, a los sentimientos y a los rostros de mis recuerdos; de Otilia excelente trabajo, el verdadero amor, una ráfaga que nos abraza para siempre a pesar de q dure solo 1 poco; mujeres de ayer, de hoy y siempre

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