Una pizca de realidad para llevar

ixtapa

Regreso de pasar un increíble fin de semana en Ixtapa Zihuatanejo, y lo primero con lo que me encuentro, en mis rumbos de siempre, es un señor vendiendo chicles en un semáforo. No es cualquier señor; siempre está ahí, de sol a sol, con la mirada cansada y una sonrisa tatuada, exhalando amabilidad y tratando de sobrevivir un día más, sin vicios o malas intenciones evidentes.

Seguro su historia es la de muchos en este país: alguien que no tuvo la oportunidad de estudiar o aprender una forma de ganarse la vida dentro del sistema, quizá por causa de desafortunadas coincidencias, malas decisiones o una mezcla de ambas. Eso, sumado a una personalidad tímida, dio como resultado que tuviera que mantener a una familia con cincuenta pesos al día, o menos.

Ver el desconsuelo con el que este individuo camina me hace pensar en lo difícil que debe ser para él volver a casa en un día malo, en el que quizás no vendió más que dos paquetitos de goma de mascar. ¿En qué condiciones vivirá? ¿Tendrá al menos una toalla para secarse si es que lo agarró el aguacero? ¿Una cobija para quitarse el frío o un par de calcetines secos?

Tener experiencias tan contrastantes en tan poco tiempo me generó un dilema enorme. No era la primera vez que lo experimentaba, eso es cierto, pero nunca había sido tan evidente. Acababa de pasar tres días en un centro vacacional totalmente planeado; un lugar que claramente fue pensado y construido con la finalidad de que quien fuera ahí se relajara y no pensara en nada que no fuera sol, arena y mar. Y todo para regresar a un ambiente, si bien familiar, donde el lado oscuro de la vida es más que evidente; donde las personas tienen que trabajar arduamente para salir adelante y solamente pueden fantasear con tener vacaciones.

Fotografía obtenida del blog México Daily Photo

Fotografía obtenida del blog México Daily Photo

Actualmente, Ixtapa es uno de los principales destinos turísticos de playa en México. Y no es casualidad. Se planeó la construcción de la zona hotelera, comercial y habitacional justo al lado de un tradicional puerto, Zihuatanejo. La intención: recibir turismo nacional e internacional y hacer crecer la economía de la región.

Evidentemente lo consiguieron. Cuando tú llegas a este lugar y ves la altura de los hoteles, el esmero con el que están cuidadas las flores en los bulevares, la limpieza del lugar y los precios de las tiendas, te das cuenta que no cualquiera visita esas latitudes. En la playa, todos los vendedores ambulantes visten playeras con logotipos de gobierno, lo que significa que tienen algún permiso especial para estar ahí. Difícilmente te encuentras con vagabundos o perros callejeros. Todo esto, ayuda a crear la ilusión de que el mundo es color de rosa y de que mereces, sin duda alguna, estar disfrutando de él.

No pongo en duda que quien vaya a estos lugares sea merecedor de ello y que haya trabajado mucho para poder hacerlo, pero no estoy tan segura de que estén conscientes de la sociedad tan polarizada de la que formamos parte; tampoco creo que sientan la responsabilidad de evitar que estas cosas existan. Porque todos somos responsables de condiciones como la pobreza y situaciones como los robos, ya que estos son síntomas de una sociedad enferma. Pero no lo sabemos justamente por las ilusiones creadas en situaciones tan específicas.

Una vez que lo sabes, ¿qué hacer al respecto? ¿De qué sirve hacer las pequeñas cosas a nuestro alcance por lograr un cambio social si, al final del día, ese señor seguirá con la incertidumbre de poder llevar un pan a la mesa? Uno puede pasarse la vida luchando por la justicia y la equidad, salir a la calle y seguir viendo cosas así. O al menos así ha sido en las últimas décadas, cuando el capitalismo y los tratados de libre comercio se hicieron inquilinos forzados en nuestras casas. Pero quizás hoy pueda ser diferente.

Con certeza puedo decir que vacacionar en hoteles de cinco estrellas o de gran turismo no forma parte de una vida sustentable, pero es disfrutable si uno no piensa en aquellos que podrían comer durante meses con lo que llegas a gastar en tan solo un fin de semana en condiciones de alta alcurnia. Tampoco es sustentable el seguir permitiendo la polarización social y la mala distribución de los recursos que vemos actualmente. Y aunque sea poco lo que cada uno puede hacer, no significa que no debamos hacerlo; peor sería cruzarnos de brazos.

Podemos empezar a disfrutar de la vida de otras maneras, más armónicas con aquello y aquellos que nos rodean, conociendo no sólo lugares nuevos, si no a la gente que los habita y los mantiene; involucrándonos en esas sociedades diferentes a la nuestra y aprendiendo de sus aciertos y también de sus fallos.

Por ejemplo, para los amantes de la playa como yo, existen otras formas de disfrutarla que pueden estar más al alcance de los mortales; experiencias que, en lo personal, encuentro mucho más placenteras. Son lugares que parecen estar olvidados de la mano de Dios. Playas paradisíacas alejadas de la ciudad, donde el cielo está totalmente iluminado por mil y un estrellas, tan desnudo y expuesto a nuestros ojos que hasta podemos distinguir la Vía Láctea, donde las estrellas fugaces son tan frecuentes como las olas del mar. Ahí realmente encuentras paz y serenidad. Alejado de las distracciones de la vida cotidiana, el rugido del mar ayuda a aclarar los barullos internos.

No sé cuánto tiempo más seguirán existiendo lugares así, pero agradezco haber tenido la oportunidad de conocer ambas caras de la moneda, así como sus implicaciones; ahora sólo espero que los demás también puedan experimentarlas de primera mano, porque es sólo frente a experiencias que nos conmueven que entendemos las realidades y somos capaces de ponernos en los zapatos de los demás.

Delirando desde un lugar no muy lejano,

Lady D.

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