¿Dónde estás, José Agustín?

boda civil cortada

Hoy en la madrugada buscaba en los libreros de mi casa algo con lo qué acompañar mi soledad (a las 4 de la mañana es difícil no sentir como si estuvieses en un mundo despoblado, casi esperas que se vaya la luz y todo se vuelva como en The Walking Dead). Me encontré con “Cerca del fuego”. Me acosté porque ya sabía que son libros que tienes que leer de corrido, así que me contrarió un poco que mi mamá fuese a regañarme porque qué barbaridad, soy una irresponsable que se daña por no dormir de noche y luego no paro de quejarme. Y se gasta un dineral en médicos y medicinas y mi confusión mental no’ más aumenta por mis horarios raros, y hasta cuándo voy a madurar. Dios mío.

Como ya era la hora de que mis padres y mi hermano se alistaran para irse al trabajo y a la facultad, decidí ser solidaria y prepararles el desayuno. Bueno, a eso estaba dispuesta yo, pero como dicen que no tengo nada qué hacer hasta agosto (o sea, en agosto entro a la universidad), me tocó hacer de todo. Desde buscar un par de calcetines hasta envolver los sándwiches que se llevarían para almorzar.

Mientras los metía en bolsitas herméticas, le dije a mi mamá: Má, ¿sabías que en “Cerca del fuego” hay una referencia al primer libro de “Las Crónicas de Narnia”? Mi mamá contestó negativamente y siguió tomando su café con leche, pero mi hermano le preguntó: Má, ¿José Agustín fue a tu boda? Entonces le brillaron los ojos como cada que se acuerda de algo de su juventud y contestó: No, hijo, pero es nuestro padrino de bodas.

Mi hermano y yo nos miramos bastante desconcertados, mi adorabilísimo hermano siguió con su diatriba de preguntas: Pero ¿cómo fue? Lo conocieron en la feria del libro, ¿no? Y allí te dijo… Mi mamá contestó todavía con su mirada peculiar: Nos dijo a tu padre y a mí que nos casáramos, que él era el padrino. Y mi hermano, molestando como sólo saben hacerlo los hermanos menores, completó innecesariamente: Entonces tiene la culpa de que aquella este aquí.  (“Aquella” soy yo; ah, gloriosa primogenitura.)

Me quedé pensando hasta que mi papá me hizo notar que estaba aplastando los sándwiches para que cupieran en las dichosas bolsitas. Terminé de empacar sus almuerzos y en cuanto se fueron me puse a escribir.

Siempre me han gustado los libros de José Agustín, su manera de escribir me transmite cierta camaradería que me encanta; es como si tu mejor amigo te contara qué pasa en su vida. Y como soy muy chismosa, no me canso de leer nunca, y la “irreverencia” que emplea es llanamente fascinante, pero nunca había pensado que gracias a su exhortación es que existo.

Me gustaría darle las gracias personalmente, pero como no lo conozco y no sé dónde está, mi única esperanza es que lea esto y sepa que además de estarle agradecida por todos los buenos ratos que me ha hecho pasar con sus escritos, debido al consejo que le dio a dos jóvenes permanentados hace un par de décadas, le debo la vida. Literalmente.

Por Pamela Zara

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