Manifiesto

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Gustavo Ogarrio  

Pasar como un diluvio por el silencio y mezclarse con ternura en las heridas ajenas para manchar de ceniza nuestro júbilo y evitar que la felicidad teja su nido en lo peor de nuestras almas. Cabalgar sin sombra y sin duelo durante las horas negras en las que escapamos de la risa y de las bromas desafortunadas que exigen de nosotros otra vida y otro rostro o ciertas mentiras amables y entonces curarse de la felicidad cabalgando y gastándose a todo pulmón en esas horas sin relámpagos de optimismo sin nostalgias de familia sin la solidaridad de los amigos sin los que defienden su prosperidad sin las nubes del atardecer que nos heredan algo de su calma. Salir a la calle para arruinarse como cocodrilo entre los coches y los autobuses y los puestos de frutas tropicales y las calles sin dueño y los niños hermosos que estupefactos miran por primera vez a la humanidad sin advertir la raíz de este apocalipsis de la especie que también los envuelve y maldecir a esa multitud de acero que quiere atropellarnos a como dé lugar para seguir en la lucha de todos los días contra la ausencia y desaparecer sin alegría entre los alegres y ser una momia que cabalga por los siglos para despeñarse en el instante. Resguardarse como ese perro de luz en la precipitación de la lluvia y en el olor acre que va dejando esta melodía de mercurio que arrulla lo más vergonzoso de nosotros mismos.

Estoy hablando de una declaración de guerra contra las golondrinas y contra los espejos y contra los cuartos de baño en los que también se esconden los pequeños placeres. Estoy hablando de retorcerle la cola a todos los paraísos y de negarse al beso monstruoso de la esperanza. Estoy hablando de comenzar de nuevo y de ignorar ese canto cíclico de sirenas y abrirle paso a la caída y mirarla a los ojos para que nos hable de la amargura en su lengua y de los cables rotos en la azotea y que de una vez por todas nos devore el mausoleo en el que nos vamos convirtiendo y el dolor que todos llevamos dentro y cerrar la boca para que por fin nos invada el tejido fino de nuestra verdadera sustancia.

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