La danza del diablo

José Lagos

Para Angélica

 

Una roja extensión de primaveras.

Una canción de enrojecidas olas.

Ramón Martínez Ocaranza

Los altos cerros del poniente rasgan sombras negras y salpican infinitos destellos perpetuos. La neblina helada escurre desde los montes. Su gélido lengüetazo irriga el cielo y la tierra, entumece a las aves e intimida a las flores. La primera rama se mueve. La luna deserta hacia donde el horizonte no puede alcanzarla; mientras que, con vehemencia, va coleccionando cenizas albinas que no debe olvidar. La primera estrella se disuelve. El primer trino acontece. En la meseta purépecha la noche muere, y el primer ojo se abre.

Una vieja camioneta Chevrolet emerge entre el sereno y las últimas espumas nocturnas. Avanza por las calles terregosas de Cherán. Hombres enchamarrados, con pañuelos en los rostros y sombreros de palma ocupan la batea. Tres perros los acompañan. Una tímida, azulada, y atmosférica luz vaporosa coquetea con el vaho que expulsan las narices. Los chorros ventiscos espabilan los párpados. De frente, el camino liso ha terminado y se pliega tortuoso. La angostura es apretada cual tierra no surcada con el arado. Durante varios kilómetros los neumáticos combaten salvajemente contra la dura terracería, dejando tras de sí cadáveres insomnes convertidos en una larga estela de bilioso polvo.

La camioneta se ha detenido. Los hombres descienden echándose al hombro azadones, picos, palas y machetes. El frío no cede, entorpece las manos y estrangula los primeros pasos. Cruzan escalando una valla de púas y atraviesan un sembradío de pequeños arbustos de aguacate. Saltan una nueva valla y aparece un espacio medianamente despejado, también crecen arbustos. El grupo abandona el estrecho sendero por el que se conduce para internarse en la espesura del bosque. Muy pronto el ascenso se torna difícil.  Hojarasca y secas ramillas caídas de pinos, encinos, ocotes u oyameles, humedecidas por el sereno, forman una enmarañada alfombra que vuelve la marcha resbaladiza. En el empinado monte, tan pronto una zancada avanza treinta centímetros, de inmediato retrocede diez. Así durante cuatrocientos o quinientos metros. Quizá más. El corazón se agita y los pulmones no dan abasto. Los labios desean romperse sobre sí mismos.

A excepción de los perros que acompañan al grupo y los pájaros pequeños que vuelan de rama en rama, ningún animal aparece.

El campanero de la iglesia da pasos firmes en las penumbras húmedas de la torre. Sube ciegamente, el trayecto lo tiene aprendido, conoce cada borde de los escalones que lo conducen hasta las campanas que retumba desde hace años. La plaza frente a sus ojos,  es la misma y a la vez otra. Está ahí desde hace siglos, pero es otra desde hace dos años. Tiempos en los que la comunidad entera enfrentó la complicidad y la putrefacción que gangrena -casi- todo. Tiempos de horizontes posibles. Como los que observa el campanero cuando jala las cuerdas que tañen las campanas. Como los bosques de inmemorables recuerdos que pertrechan a esta comunidad.  Como los mismos que hoy exhalan humos e inhalan fuego.

En el monte, los campanazos del pueblo a duras penas suenan como un liviano tintineo. Con el sol ya dominando el cielo, el grupo ha llegado hasta una sinuosa barranca en la que abundan ortigas, gordolobos y dientes de león. Muy cerca de donde los perros se han detenido, posando sus patas en un borde que se desgaja con facilidad, está un grueso y largo tronco que sirve de puente para cruzar del otro lado. En el otro extremo brotan las huellas crepitantes de una danza infernal; un rodeo de insolación, una caldera encendida, un millón de fumadores sonriendo y todo el humo emanado de la revolución industrial. Ochocientas canchas de futbol consumiéndose, cuatrocientas hectáreas quemándose, varios chingos de bosque incendiándose.

El azadón azota contra la tierra. El machete blande en el aire. La pala se arrastra entre las hierbas. El pico acribilla los troncos. Los pasos de aquí hacia allá. Los brazos de arriba a abajo. El ardor en los ojos. Las narices jalando aire caliente. El humo punzando en la garganta. Los rostros tiznados. El sudor en las frentes. Las zanjas contra el avance. El cortafuego contra el incendio. La imposibilidad de la victoria. La inaceptable derrota. La confrontación de vientos contrariados. La convivencia entre fuerzas. La existencia y la resistencia. El empuje de la furia y el aguante de lo humano… Y así todo el tiempo.

En algunos momentos, el incendio avanza con desgano, como si fuera resina escurriendo de un árbol; en otros, el fuego, impulsado por el viento, escala vertiginosamente y escupe amenazantes latigazos que vaporizan las fuerzas y a los hombres los hace retroceder. Un furioso y prolongado vaivén, gobernado por una canción de enrojecidas olas que acompasan la danza del diablo, mientras millares de trayectorias lumínicas disparadas por el sol convertido en francotirador ineludible que filtra su mirilla entre la espesura, combinada con el cuajo de polvo, cenizas suspendidas y humo, irrigan en el aire una brumosa nube de siniestras tonalidades sepias y blanquecinas.

Hace dos días que amaneció el incendio y desde entonces decenas de voluntarios han subido para combatirlo. Hoy, un nuevo cortafuego está terminado. Los hombres regresan estoicos con la esperanza de que el incendio desista.

Para los cansados, el consuelo de las alturas es la ligereza del descenso. Tan pronto los hombres llegan hasta donde la camioneta pudo subir y desploman su humanidad en la tierra para descansar momentáneamente las piernas y refrescar los labios y el gañote con largos tragos de agua y naranjas escurridizas.

Los hombres trepan en la Chevrolet. Tan pronto la llave entra en el switch y el motor arranca. Para entonces, el pueblo rebosa ya de jolgorio y fiesta; está conmemorando el segundo aniversario de la defensa del territorio.

Mientras la camioneta tambaleante va rechinando por el camino de regreso y se pierde alejándose en la inmensa polvareda, intento localizar desde la lejanía el incendio combatido y pienso que, cuando el acoso de la fatalidad y la muerte se han instalado en las mesas, en las calles y en el país, como los infiernos oscuros, sinuosos y tremendos en los que vivimos, a veces, como en un incendio, lo mejor es zanjar, trazar un cortafuego, delimitar la pista para que los diablos bailen, pintar una raya, marcar un hasta aquí. Y en el camino, quizás, a los infiernos iremos extinguiendo.

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Fotografías de José Lagos

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2 Respuestas a “La danza del diablo

  1. Me hiciste recordar las visitas a Cherán, antes, durante y después de la insurrección. Además de las excelentes fotos.

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