Carlos Monsiváis, el Caifán descalzo

monsivais

A este devoto del laicismo, cronista del caos iluminado, le debemos el parto del género trans en nuestra historia popular e imaginaria colectiva para dejar de ser el personaje macho con tacones altos de la Historia oficial, a ser la moronga ciega y pachanguera de nuestra verdadera identidad. Heredero de la tradición oral, ganón del cartelito tricolor de la Central de Abastos que sentencia ser el escritor-intelectual (léido y escribido, pues) más reconocido en la calle, antes que por sus libros, si por ser el único post-sacerdote azteca desmaquillado que usaba su cabellera por propio penacho y sonreía como anzuelo para adeptos y contrarios.

Punto de encaje entre tradición y modernidad, boxeador de sombra entre lo público y lo privado, nombró a raja tabla sin media académica la diferencia entre la permanente conspiración del poder y la bitácora de nuestra resistencia, lo mismo exorcista forense de nuestro himen sentimental perdido, llamado melodrama. Habría que recrear en cada escuela pública del país, igualito que la llegada de la primavera, el momento en que a sus doce años de edad, recitando con los ojos cerrados a Nervo, decía:

Si tú me dices ¡ven!, lo dejo todo. No volveré siquiera la mirada para mirar a la mujer amada… Pero dímelo fuerte, de tal modo que tu voz, como toque de llamada, vibre hasta el más íntimo recodo del ser, levante el alma de su lodo y hiera el corazón como una espada…

Para que una luz proveniente del closet lo hiciera abrir los ojos y saliera una Coatlicue amorosa y le dijera: “Monchis, el más pequeño de mis hijos, lleva la vida espiritual fuera del templo a través de la poesía, destruye el púlpito, haz cruzada contra el mito y busca la canonización de la algarabía laica, la épica posible, la nación como un as de sentimientos…” terminando a ritmo de la Suave Patria en poesía coral del primer mártir nonato republicano. Qué chulada.

Pero no es así. Aún seguimos siendo paredón y desfile folclórico del sarcasmo. O la sombra del mismo. Pienso lo que diría en estos momentos. Su seguro apoyo a los jóvenes y su respectivo bautizo como el último gran momento épico de los jóvenes por los próximos 115 años en el país con referencia al movimiento 131-132. O eso quiero pensar. Ya saben, en épocas difíciles, hay que ir a los clásicos.

Y regreso al comienzo de mis tiempos. Yo lo conocí justo a los 13 años. Esa edad fundadora de mis Batallas en el desierto que en mi caso tuvo entre otras formas la de los mítines políticos donde el templete mostraba como extensión de mi juguetero, una hilera de personajes como al Ingeniero Castillo, Cárdenas, Súper Barrio, Rosario Ibarra, Pablo González y al propio Monsiváis cual muñequitos de lucha libre o integrantes de una banda de rock.

Después lo reconocí en el programa “Tienda y trastienda” de IMEVISIÓN. “¿Por qué tú eres un intelectual cercano a la gente, a diferencia de todos los demás?” Le pregunta el Ausencio Cruz. “Porque no me queda de otra. Todos van a programas serios, de alta alcurnia y a mí me quedó el suyo. Ni modo.” La respuesta del greñudo, me reveló que era posible dentro del discurso televisivo, salir del script sin ser pateado frente a la cámara. Subrayo, sólo frente a la cámara. No entendía la totalidad de sus palabras pero advertía algo que tiempo después comprendí y signé, y era el que ellos tampoco entendían cómo se pitorreaba de ellos y le aplaudían.

No tengo una mejor forma de homenajearlo que criticando. Ya lo advertía él mismo al decir que nuestra sociedad está siempre dividida entre liberales y conservadores. Si bien no tan radicalmente como lo fue en el siglo XIX,  porque ahora “…hay liberales, que de pronto en materia de vida cotidiana tienen posiciones supremamente conservadoras. Y hay conservadores que en su gran mayoría tienen posiciones francamente conservadoras” y nada más miro a los pseudo históricos izquierdistas y bostezo o escupo de plano.

Pienso hoy en el Monsi como el intransigente defensor de los derechos humanos. Quien atacaba la desigualdad por ser: “tan poderosa, tan opresiva, tan destructora, que uno tiene que oponerse… No sólo en nombre de lo que son los derechos económicos, de los Derechos Humanos, sino en nombre de lo que es la salud mental misma de la sociedad”. Rematando que esto había logrado durante el siglo gestor del Estado mexicano, gracias a los liberales, sobre todo los más radicales. Por ello confirmo que cuando él advertía que se aproximaban esas vetas extraordinarias para el país que retomarían esto, no pasaría en vano la arenga juvenil contra la forma de hacer política de sus padres y abuelos.

En estos tiempos en los que es mal visto ser algo que no negocia, me fundamenta su postulado de sentir que “la izquierda mexicana… haya renunciado a la herencia de los liberales radicales, porque ahí está una de las vetas más extraordinarias del país.”

A mí que soy clasemediero, me dignificó el derecho de ser heredero del cine y la radio, a valorar la lucha libre y el equipo de fútbol como el pesebre y Fe de mi niñez. A encontrar en mi tendajo de sábana con todos mis cuentitos que rentaba o les leía por un peso, ser heredero de la tradición juglar o de la literatura de cordel.

Convirtió en un país de apóstoles falsos la canonización del instante con nombre de José Alfredo Jiménez o Agustín Lara, para iniciar la cofradía de la orgía sentimental en donde no existen jerarquías. Ese mundo raro, que no se advierte pero respira la democracia, como única pulsación firme y vital a través de la cual gira nuestra vida colectiva.

“Yo pa’ arriba Ibero muy poco, tu pa’ abajo no sabes UNAM”. Se cumple el ritual mi Monsi, la raza se vuelve a juntar. Y sí, vacíos somos y en el camino andamos. Estos son los días del llenadero, del intercambio, del encuentro, del chapuzón en la alberca, del todos contra todos y estos chones no eran míos, ni estos pensamientos.

Se cumple el ritual y hoy el mitín,  los conciertos masivos son la nueva comunión democratizadora que nos limpia, nos conmueve al otro, al uno mismo. Somos multitud que sana, y tu ausencia, el espejo de que aquí seguimos. Ahí donde la sociedad se desacraliza. Y consigno: “Me prometo ya no ser un voyeur, con la condición de que me dejen meter mano.”

por José Luis Castillo González

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