Catálogo de abortos y susurros en mayo

 balcón

No fui a trabajar (declaración jurada): La salud es importante y otros tópicos.  La realidad es que hay veces que el estómago te avisa cuando no debes salir de casa; y uno, consciente de las implicaciones metafísicas y new age de escuchar a la masa poco escultórica llamada cuerpo, obedece sin chistar. Sólo por hoy, estómago, me voy a quedar.

Y está tan bien  esconderse en el departamento: me gusta el árbol verde de afuera que se mete por el balcón, insinuaciones sexuales que se van por las ramas; me gustan los bichos que insisten en escalar  por la ventana, necios ellos y cansados de sí mismos vienen a la casa a morir en una esquina. No es que yo los mate, sino que el miedo termina por paralizarlos, indefensos ante la inmensidad del departamento de cuarentaytantos metros cuadrados, una recámara, baño completo, estancia, micro cocina y balcón. Tampoco  se necesita mucho más.  Pasa un camión y hace que las botellas de vino vacías encima del librero rían, tiemblen sonoramente con todo y el edificio.

Aparte del  estómago, la verdad es que hoy me aterroriza el mundo exterior. Afuera no se está tan bien como en la silla frente al escritorio nuevo: todo de madera y cajones lo suficientemente grandes como para ocultar un cadáver destazado. Las piernas en un archivero y los brazos repartidos en cajones; el torso en el archivero del otro lado y la cabeza ya veremos; tal vez como trofeo junto al monitor. Pero me desvío, hablaba de la terrorífica perspectiva de salir a la calle. Otro camión, las mismas botellas.

Aunque es mayo y está soleado, los pájaros cantan (todo riesgo de sonar cursi es intencional, además los pájaros realmente están trinando en el árbol que viola el balcón). La gente se ve muy entretenida por ahí: me asomo y veo niños corriendo y parejas paseando. Ambas cosas me sorprenden porque estamos a una cuadra del viaducto y no es lugar para dejar a los niños jugar futbol, no importa quién sea campeón.

Me desvío, siempre me desvío. Confundo las letras y la vecina de abajo, que según mi amigo está buena, grita desde la ventana que tiene 19 años, vive y se mantiene sola y nunca ha tenido un aborto; bien por ella. Además le reclama a la madre, por teléfono, que haya dejado que su hermana (17, ilegal) se acostara con uno de los tipos con quienes la madre modelo ha yacido bíblicamente alguna vez. ¿Dónde están los camiones? Mis botellas están muy calladas.

No es que haya querido enterarme, yo sólo entré a la micro cocina y los gritos subían. No es mi culpa que ahora me encuentre tirado en el suelo con un vaso intentando enterarme del resto de la historia, pero para mi mala suerte no se oye nada. Lo que sí es que ya se cuela el humo de cigarro por la ventana. Seguro ya terminó de discutir y ahora necesita relajarse.

Se me olvida ser lúdico y hacer juegos de palabras por el peso de la cotidianidad del edificio cerca del viaducto. De todas formas me gusta mucho más que ir a trabajar; me estresa menos. Ya sé, obviedades que aburren, lugares comunes cansados de ser ellos mismos y yo aquí, forzándolos a ser, simplemente porque yo no soy, ni voy, ni me quedo.

Pero hablaba, se me olvidó otra vez (Juan Gabriel), de la imposibilidad del exterior: bueno, no su imposibilidad de existencia, sino de mi incompatibilidad con él. Hoy (y ayer y la semana pasada y desde hace un mes y el cuento de nunca empezar ni acabar), se me antoja difícil y cansado lo que hay allá afuera, que por supuesto no soy yo: son el árbol y los bichos deprimidos; el viaducto y sus carros, ambulancias, camiones y sus ruidos; son los niños y la gente en la calle. Es la vecina y su madre al otro lado del teléfono que permite que su hija pequeña se vaya a la cama con el mismo tipo que ella. Ni siquiera argumento porno innovador porque salió embarazada y mi vecina nunca ha tenido un aborto y yo lo sé porque en la cocina llega de todo menos agua. Tercera semana consecutiva.

Afuera está la tienda con las cámaras y la señora que tiene bigotito, como su hijo. Afuera no estoy yo y por eso me gusta estar tras la ventana,  me gusta la puerta cerrada y me gustan las botellas tintineantes. Y me gusta el escritorio y la silla negra, pero sobre todo me gusta la cama que no compré pero que es la cama en donde duermo abrazado a la mujer de mis sueños y mi vigilia que ahora está allá afuera, donde todo da tanto miedo, donde todo está tan cansado de ser y por eso se comporta tan violento. Y ella anda afuera y yo muero de impaciencia porque regrese. Por eso he escrito esto: porque espero ansioso y las ansias me martirizan.

Pero me martiriza más el exterior, que es donde no quiero estar: no con el ruido, no con la gente, no con los problemas; tan lejos del árbol que viola el balcón que sigue siendo parte de los cuarentaytantos metros cuadrados que me tranquilizan, donde está el escritorio y la silla y las botellas y la cama que no compré nunca pero que es absolutamente cómoda.

Ya sé que mañana voy a tener que salir para encontrarme con quienes en este preciso momento me están llamando, porque no pueden darme paz. Trabajo más, palabras menos. Me estresa tanto el ruido del celular porque insiste en conectarme con el exterior, donde no puedo repetirme como en la página de papel.

Pero mañana no importa. Ahora la carne, en la cocina sin agua, está empezando a quemarse y pasa otro camión, las botellas tintinean y hoy sí estoy aquí para escucharlas jugar con sus monedas ahorradas dentro, orgullosas de su vidrio verde que es líquido.

por Rodrigo Hernández Vera

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