No vivo, perzombifico

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Es increíble ver el número de congregados. Uno se imagina que es un evento de algún político que estrechará muchas manos, besará bebés y abrazará ancianas. O de algún cantante plástico sobre publicitado al que, por ser tan evidente, el playback y los dientes postizos son parte de la escenografía.

Pero no, todos están en la emblemática plaza de la Revolución para algo menos común. Algo que a los ojos de quienes pasan por ahí, observando con extrañeza,  no tiene ningún sentido. Incluso, muchos de los que están ahí tampoco lo saben. Pero, ¿quién dijo que para hacer algo debería tener sentido? Yo creo que el gusto de hacer lo que deseamos, le da todo el sentido.

Como para decirle al mundo que tú sí fuiste, hubo un registro previo. Si no mal recuerdo, se rompió el Guiness por mayor asistencia. Nunca, en todo el mundo, tanta gente se había reunido en uno de estos eventos. Ahora, cuando uno dice el Guiness, es como si todo hubiera tenido sentido. La mayor incoherencia entre las incoherencias es avalada por la “institución” que se encarga de darle sentido a lo que no lo tiene, y ésta deja de ser incoherente y pasa a tener sentido.

La onda era llegar temprano, qué mas da que la hora de inicio fuera a las tres; desde las nueve estaba lleno. Algunas personas llegaban con todo el atuendo, otras se preparaban presurosas ahí en la calle. En unas, podías notar las horas de arduo trabajo, y en otras, los minutos de “lo mejor que se pudo” y del “ahí se va”. Yo estaba entre las segundas.

La caminata dio comienzo bajo un sol que, paso a paso, daba todo de sí. Avanzaba sobre Paseo de la Reforma,  la habitual avenida de las marchas. Conforme caminabas, podías sentir cómo el sol se derretía en la cara (literal). Todos arrastrando los pies y gimiendo, pero no de placer. El avance era lento, pues así se disfrutaban más las expresiones de sorpresa, terror, e incluso repudio.

Éramos nosotros y ellos, los no vivos y los vivos. En una mueca de los que observaban, podías percibir la incredulidad frente a lo que veían a su paso. Los motivos de nuestro proceder les eran incomprensibles y algo dentro de ellos se rompía. Y  no los juzgo, yo como fan del cine y la muy reciente literatura de zombies, no termino por comprender de dónde surge la fascinación, por qué miles de personas salen disfrazadas así a la calle. ¿Personificando zombies? ¿Zombificando personas? ¿Quién querría ser el personaje en apariencia menos atractivo, un ser podrido, sin raciocinio, que está ávido por devorar su pasado? Por un momento al menos, al parecer muchas personas. Y yo creo que tantas porque con ello están personifican el repudio a la humanidad.

El avance zombie continuaba, y con él, los personajes y las escenas. Había algunas zombificaciones increíbles, como la de ese niño del siglo XIX, que parecía recién salido de su pequeña y burguesa tumba. O ese perro que con su inmenso tamaño ya daba miedo, sin necesidad de la zombificación. O ese metrobús al cual rodearon y atacaron zombies, podridos deseosos de carne y sangre, para sorpresa del conductor que angustiado salió corriendo; a la vez que entraba, sin darse cuenta y sin querer, en este pacto de ficción que personificó al ser humano.

Justo antes de llegar a Eje Central, yo estaba a un grado centígrado de la insolación y la deshidratación, por lo que me retiré de la marcha. O tal vez solamente tenía un fuerte antojo de cerveza que bebí y acompañé junto con bastantes reflexiones sobre todo el sentido que puede tener el sin sentido. Aún no termino de comprender.

por Marlenx

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