Puentes

Foto: Angélica P.

Foto: Angélica P.

Gustavo Ogarrio

No serán los puentes los que nos enseñarán la verdad de lo inmóvil, los que confesarán algo más de lo que nos ha dicho ya Heráclito sobre la imposible duplicidad de los ríos y que sólo reconforta a los fanáticos del movimiento. No serán los puentes los que tirarán el zarpazo de viejo tigre montado una y otra vez por vidas oscuras o que viven su lomo entre añejas prisas y besos como adioses o como cuervos contemplativos. No será el Puente Romano que desde hace diecinueve siglos espera que dejen de pasar los enemigos del imperio o que disminuyan las sonrisas de los recién casados que se toman fotografías al pie del Río Tormes y de las dos inmensas catedrales salmantinas como bóvedas hermafroditas que nunca confesarán lo que es el tiempo. No será ese puente como telaraña que ondea por encima del Río Tejo y que sirve para encubrir la falsa melancolía de Lisboa. No serán los millones de puentes que se hicieron para escapar de los ancestros ni aquellos sobre los que caen las luciérnagas que huyen de las metrópolis conquistadas. Ese puente en el que nos despedaza la Luna solamente de mirarla invulnerable, tampoco será. No será la madera curtida por el agua y el polvo o la roca volcánica indestructible ni el alambre o el metal sin antigüedad alguna lo que salvará a los puentes de su desgracia originaria. No serán las promesas de los que se amaron o maldijeron en su espalda recostada sin epitafios.

No nos ha sido dado comprender en qué momento perdimos el rumbo a través de esos puentes de ocho carriles que nos centrifugan en las venas aéreas de ciudades ilegibles. Tampoco será el puente Santa Fe, esa vértebra fronteriza de concreto que es también un hachazo transversal sobre el que los músicos del espanto cantan las idas y bienvenidas de los espectros que lo cruzan. Mucho menos será el momento en el que se transforman en plataformas de suicidios o asesinatos. Mudos y sin rumbo en su permanencia alucinada, los puentes nada tienen que decirnos, hace siglos que sucumbieron las razones para justificar su inútil y hermoso tráfico de cuerpos sin almas.

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