Crónicas de cantina: Encontré La Esperanza

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por Britania Hernández.

Fue raro ir a esa parte del Centro Histórico, nunca había ido tan lejos. Hasta entonces, mi límite al norte había sido República de Cuba y ya, no más. Pero no me importó, seguí caminado, ya estaba muy cerca de Garibaldi. Me detuve en Allende esquina con Perú.

Entré en La Esperanza, una cantina de paredes teñidas de azul tiffany de las que cuelgan cuadros que te miran mientras bebes. Una Victoria, pedí. Cuando llegó, lo hizo acompañada de limones, pico de gallo y un platito repleto de totopos. No me atreví a probar el pico de gallo, solamente le exprimí medio limón a mi cerveza y le di una espolvoreada de sal.

Me sentí cómoda, relajada. Miré con atención el lugar y ya no lo sentí tan feo como al inicio. Incluso comenzaba a gustarme, y mucho.

Mientras un hombre con varias cervezas amontonadas en la barra descansaba la cabeza, o tal vez el alma, un olor nauseabundo llegó a mis fosas nasales. Fruncí el ceño y busqué la fuente del pestilente olor y Juan, por nombrarlo de alguna manera,  vomitaba y vomitaba. Pero mi atención se centró en el canal que estaba en el piso especialmente diseñado para estos inconvenientes que a veces el alcohol puede provocar. Cuando acabe de vomitar, solamente arroje una cubetada de agua y voila, todo como antes.

Cuando a La Esperanza entró un fulano acompañado de dos putas, una risita nerviosa me atacó. ¿De verdad estoy viendo esto? Los injustamente llamados lacras de la sociedad, están en el mismo sitio que yo, ¡tremendo choque! Me sentía Bukowski, ya sabes, rodeada de un proxeneta con sus putas, otro más por ahí ahogado de borracho viviendo el día a día y siguiendo su rutina porque yo era la intrusa, la nueva en esta forma de vida.

Regresé en mí cuando una cumbia empezó a sonar desde una rockola. Las prostitutas comenzaron a moverse al ritmo de la música; con buen ritmo a decir verdad. Daban vueltas tratando de seducir a los hombres; un poquito de cadera, un poquito de culo.

La ronda de canciones se había terminado y la chicas comenzaron a desfilar entre las mesas. Se detuvieron en la mía.

—Oye, ¿si nos cooperas para unas canciones? Todos las estamos escuchando, ¿no?
—Ay, ahorita traigo lo justo para mis cervezas. Perdón —respondí. La sutil manera de librarse de una taloneada.

Al final, después de que las cervezas, los limones y la sal siguieron circulando por la mesa, no supe qué sucedió con el hombre de la barra o con el proxeneta y sus putas. Bueno, ellos se fueron después de haberse peleado afuera de La Esperanza.

Para entonces estaba borracha y maravillada. Nunca imaginé encontrarme con un sitio así, o más bien, nunca creí que me iba a meter a una cantina real. Para los clientes eternos, parece que el verbo activo es beber después de convivir con el mundo todo el día (o toda la vida), y expulsar la rabia y beber la esperanza y esperar que el desahogo no se vaya por la canaleta del vómito de todos los días.

En fin, hay mucho qué contar sobre las cantinas del Centro Histórico, por el momento lo dejo con esta. ¡Salud!

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Crónica y fotos de  Britania Hernández.

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