La metáfora se derrama y late la memoria: música popular mexicana

"Tertulia de pulquería" (1851), José Agustín Arrieta .

“Tertulia de pulquería” (1851), José Agustín Arrieta.

“¿Qué es en este caso la tradición?
Lo que resiste a las renovaciones de la moda,
lo que emociona por razones distintas y complementarias:
lo cantaron los padres y lo cantarán los hijos”
-Carlos Monsiváis-

“Ay cómo rezumba y suena,
rezumba y va rezumbando mi cascabel en la arena”
-Son-

Para Monsiváis “En materia de música, el principio estaba desde antes”; la música popular y tradicional mexicana ha aderezado la vida nacional desde que los estupefactos conquistadores del siglo XV invirtieron tiempo y dedicación en enseñar a los nativos cantos cristianos que los alejaran de esos ritmos rituales que espantaban a los más devotos. En el XVI, las negras raíces de la música hoy entendida como tropical, como el chuchumbé, sufrió persecución porque se bailaba con los cuerpos demasiado pegaditos a decir de los más castos. Durante el proceso de independencia la ópera italiana, deleite de los más nice, se convirtió en antecedente directo de la canción popular. En el contexto decimonónico, liberales y conservadores animan su militancia entonando canciones compuestas por ellos; valses como el famoso “Dios nunca muere” de Macedonio Alcalá y la música del teatro de revista se ponen de moda cuando Don Porfirio. Para principios del siglo XX el origen e historia de las canciones se olvidan pero su recuerdo sobrevive porque evocan el México costumbrista o la nostalgia que provoca el abandono del ser amado: “Las mañanitas” que cantaba el rey David, las posadas decembrinas, y las aún indestructibles “La Llorona”, “La Sandunga” y “Cielito lindo”, que de seguro entonaron, fusil en mano, los revolucionarios; éstos, cabe decir, dieron vida a los corridos: melódica memoria colectiva en tiempos violentos.

Para la segunda mitad del siglo pasado se hizo urgente zurcir una nación deshilachada: aparece el peculiar y colorido nacionalismo mexicano, Vasconcelos como titular de la SEP y Manuel M. Ponce con su piano, se lanzan al rescate y arreglo de la música tradicional como esa “Canción mixteca”, quizá a “La orilla de un palmar” junto a alguna “Borrachita”. Un poco después nuestro repertorio popular se enriqueció con las composiciones de Tomás Méndez, Agustín Lara, María Grever, César Portillo de la Luz, Consuelo Velázquez, etc.; crearon boleros de un romanticismo apasionado y arquetípico –herederos del modernismo literario, baste revisar las letras para corroborarlo-. No podemos olvidar la trova yucateca con Guty Cárdenas (“Yo sé que nunca besaré tu boca, tu boca de púrpura encendida…” [ ¡ups!, dispensen la distracción]), el danzón y, por supuesto, la infaltable canción ranchera de José Alfredo Jiménez o Cuco Sánchez y sus intérpretes: Lucha Reyes, Jorge Negrete, Pedro Infante.

Todas estas melodías, ritmos, letras y pasiones, se llevaban muy bien con un drama cinematográfico de oro mexicano, se colaban a las casas mediante la incipiente radio y acompañaban las incursiones de los bohemios noctámbulos que los cabarets tenían por clientes. Con la entrada de la música en inglés la cosa cambió, el rock and roll fue ganando terreno y ya también escuchamos hip hop, jazz y pop. La cultura comercial de masas se coronó en el gusto de las mayorías y ahora la música en español más escuchada viene de Estados Unidos, de las disqueras alojadas en Miami. La producción, circulación y consumo de la música cambió y las sensibilidades con ella.

Llegados a este punto, ¿dónde está o qué pasó con la música popular y tradicional mexicana? (¿Por qué llamarla tradicional y/o popular?) ¿Y sus primos, los llamados ritmos latinoamericanos? ¿Cuáles han sido sus cambios y permanencias? ¿Cómo se llevan con las músicas de otras latitudes? ¿Los últimos intérpretes de este repertorio los encontramos en Luis Miguel y Vicente Fernández? ¿Por qué estoy leyendo esto? En este rinconcito de Detournement nos propondremos aproximar una respuesta a estas y otras interrogantes. Pero es más una invitación que una indagación. Más una autoexploración que una respuesta. Más diversión que docencia. Es expresar lúdicamente la experiencia y la reflexión. Es una bienvenida. El interés está puesto en compartir lo vivido: un concierto, un disco, una entrevista, un pensamiento y con ello plantear el testimonio de una estética particular que nos pertenece y que algo puede decirnos de nosotros mismos.

Pero regresemos a la cuestión primera arriesgando una hipótesis (que en realidad no es tan arriesgada): la música mexicana popular y tradicional está viva y coleando, hasta chapeadita, goza de buena salud; prueba de ello y para abrir al ritmo, compás y melodía de estas músicas, pretexto perfecto, el último trabajo discográfico de Eugenia León. Ofrezco, pues, una reseña como mejor respuesta. Pero, ¿quién es Eugenia León? Esta mujer está en la música desde hace varias décadas, sin mucho lugar a dudas podemos decir que es una eminencia en su ámbito, hoy por hoy se mueve como pez en el agua en lo que a música popular mexicana se refiere. Mexiquense y ceceachera de Naucalpan, ingresa a la Escuela Nacional de Música de la UNAM, no tanto porque quisiera cantar a Puccini o Mozart, sino para entonar lo mejor posible al Flaco de Oro y a Marcial Alejandro. En lo que va de su carrera ha grabado más de de 25 discos que transitan del bolero a la llamada canción contemporánea, pasando por el tango y la canción ranchera, composiciones de Cri-Crí y más recientemente bossa nova;  en un momento podemos escucharla cantar piezas tradicionales con voz semioperística en compañía de un tenor o un clásico cuarteto de cuerdas, y en otro, algo levemente “jazzeado” o “danzoneado”.

Su último disco, lanzado a finales de mayo de este año, es testimonio de la vitalidad de la música mexicana y latinoamericana: además de elegir un repertorio ad hoc se hizo acompañar de sus camaradas de escena, gente que como ella ha picado piedra para dejar claro que lo hecho en México está bien hecho. Para Ciudadana del mundo vol. 1 se grabaron piezas populares de México y América Latina (Eugenia sacó su vena latinoamericanista). De tal modo que eligió acompañarse de las jazzistas Iraida Noriega, Yekina Pavón y Elizabeth Meza para cantar, respectivamente, “Recuerdos de Ypacaraí”, canción guaraní-paraguaya en la que Iraida alterna su voz de maestra jazzera con la de León para contarnos un romance rememorado en aquél lago sudamericano; con la voz enorme de Yekina Pavón escuchamos el vallenato “La gota fría”, las voces de ambas quedan tan bien entramadas que es difícil distinguirlas: se apostó a un arreglo de voces en sabrosa homofonía; para el famoso danzón “Las nereidas” Elízabeth Meza, “La diva mexicana del jazz”, y Eugenia, construyen la melodía sólo con vocalizaciones apoyadas instrumentalmente por los músicos habilidosos de la Danzonera Dimas.

De Chile se eligió una composición de Violeta Parra, “La carta”, donde además de atestiguar el magnífico trabajo de las voces de Malena Durán, Hebe Rosell, Moyenei y García Cecilia Amaro, tenemos un mensaje de protesta política que no podía faltar en un disco pensando como homenaje a Latinoamérica. Ésta última da nombre a la canción del grupo Calle 13 en que participan (demostrando a quienes la León tiene por amigas), Tania Libertad, Lila Downs, Cecilia Toussaint y Betsy Pecanins, imprescindibles de la música popular mexicana todas ellas; éste es quizá el tema más enérgico y rico en matices.

Dos de las hermanas musicales de nuestra cantora entraron al estudio de grabación con ella: la anteriormente mencionada Tania Libertad con el bolero “Tu voz” y escuchamos a Guadalupe Pineda con el vals peruano “La flor de la canela” de Chabuca Granda. Como este es un disco de duetos, con cantores populares de músicas mexicanas y latinoamericanas, no podía faltar una pieza en que Eugenia León y Lilita Downs estuvieran juntas voz con voz, emitiendo arrancheradamente “De qué te cuidas”, haciendo inevitable sentir erizarse los pelitos de todos lados cuando una le da la palabra a la otra mediante esa emoción con que saben interpretar.

La única voz masculina del disco es la del compositor brasileño Ivan Lins, su “A nossos filhos” es una reflexión cantada en portugués sobre el futuro de las generaciones más jóvenes. Se incluye una canción del panameño Rubén Blades titulada “Patria” en cuyo final escuchamos a la actriz mexicana Vanessa Bauche recitar los últimos versos.

Finalmente, Eugenia decide dar un salto generacional invitando a las jóvenes voces de Carla Morrison y Natalia Lafourcade: con la primera, en tempo lento, entona “Luna de octubre” que hiciera famosa Pedro Infante; con Natalia escuchamos una divertida versión de “Burbujas de amor”.

El álbum destaca por el trabajo y atención puestos a los arreglos vocales, la instrumentación es orgánica y la elección de ruta de Eugenia para este y su disco pasado tiene la característica de ofrecer piezas bien trabajadas, una por una, en las que si bien no hay necesariamente la complejidad arreglística y vocal de trabajos anteriores (exageraciones , como ella las llama), no están ausentes la calidad y la capacidad para ser disfrutadas. Afortunadamente siempre ha prescindido de rellenos y paja. Como tenía que ser, cada canción está revestida de ese lirismo poderoso que evoca geografías, formas de vivir y pensar, historias concretas que se expresan desde la nostalgia ranchera hasta la alegría acompasada del vallenato. No puedo despedirme sin decir que esta reseña es inevitablemente inconclusa ya que este es el primer volumen de un álbum doble.

Lo que sí podemos adelantar desde ahorita es que el disco de esta cantante pone sobre la mesa no sólo el repertorio, sino también una cronología musical y los nombres de quienes antes y ahora se han dedicado a la creación, interpretación y renovación de esta música. Sólo me queda reiterar la bienvenida a este breve pero bienintencionado espacio que tiene por eje la estética popular y tradicional así como el objetivo de entablar un diálogo con ella. ¡Hasta pronto y muchas gracias!

por Nervadura.

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