Julio

Fotografía tomada de Animals Photography.

Fotografía tomada de Animals Photography.

Gustavo Ogarrio

Julio es un tronco que gira con su barba de lobo ensimismado sobre la tierra de las gotas que se precipitan. No es hijo del Capitán Grant, mucho menos una trompeta marina que sopla eternamente para recuperar a las estrellas que se han perdido en la vía láctea. Compra gritos sin palabras, batallas mudas, las muecas de falsos asombros para desaparecer en la niebla de la vida cotidiana. Julio se filtra por las cañerías y se emborracha de aguas turbias para asegurar la honestidad con la que aparece cada año. Es asombroso cómo ha logrado que los gatos sean sus aliados, el modo en que vigila los murmullos para que los muertos no vuelvan a morir de lo único que les queda, ese aullido sinfónico en el que se dan la mano los recuerdos más extravagantes con la renuencia felina a la caricia.
Julio charla con las montañas para asegurar la propiedad hidráulica de las ciudades. Es un tirano con las hormigas, las envuelve con su canto de dulce de leche en la mesa, las convoca para que organicen esa misión del deseo en la que morirán aplastadas. Bebe reflejos de luz cuando se siente cansado, come madrugadas amargas cuando es olvidado por el éxtasis veraniego, por esa lucha a muerte contra el calor y en la que los seres humanos se enlazan por las piernas para aniquilar sus orígenes de mármol. Julio se resiste a la tristeza definitiva pero en su estómago se reproducen esos mundos espeluznantes que descansan en las butacas de teatros abandonados. Julio vigila la soledad de los parques y lleva la cuenta de los pasos felices de niños que persiguen palomas moribundas o de los enamorados que conquistan con su lengua la trinchera de las bancas coloniales.
Licántropo de tiempo completo, alfiler en el sueño, es el hijo desvergonzado del verano, un profeta de esas fuerzas terrestres irreconciliables; cuando se aburre del granizo, cuida el sueño de los cárteles destrozados en los muros públicos y de esos poemas empedrados que duermen de pie. Trae en los en los dientes una fiesta de caracoles marinos que escupe cuando agoniza. En su último día recita, en plazas y mercados, en los baños públicos, en los atrios de las iglesias, en los puentes peatonales, en avenidas que nunca terminan, palabras cursis y hermosas para preparar el eterno retorno de su sonrisa. Sin embargo, desde tiempos inmemoriales, sabe que nadie lo escucha.

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