2 años Club Montés: La fiesta es un mercado de capitales

Una alfombra de asfaltos se extiende entre largas crestas marinas que arrastran veleros tornasoles. Los apretados autos nocturnos avanzan como si consumieran, desesperados, bocanadas de avance perpetuo, de smog y oxígeno para acelerar contra ningún sitio.

Enciendo la direccional derecha y abandono Circuito Interior entre baches —la terracería urbana—, conductores despistados y policías fluorescentes. Me incorporo a Monterrey y me sumerjo en la colonia Roma, de la cual, tengo tantas referencias que reposan entre los pliegues de mi memoria como cuajos de nada. Las imágenes son escasas. Si acaso recuerdo alguna imagen clara, aunque no entrañable, se enquistó a fuerza de repetición. En mi adolescencia, la Roma era el destino último después de un domingo de iglesia y ligues amedrentados. Entonces, embutidos en un Tsuru rojo, yo, cinco primos que más o menos rondaban la edad, su mamá (mi tía), y otro tío visitábamos estas calles. La única razón consistía en llevar a un pastor de gesticulaciones disparatadas —un primo me dijo años más tarde que era Tribilín, pero con bigote—, hasta la puerta de su casa, o mejor dicho, la de sus padres. Durante mucho tiempo la Roma siempre existió de noche, y detrás de un cristal.

Ocho años más tarde, contra el cristal que conduzco, se escurren los últimos dardos de primavera. He dado dos vueltas en la Glorieta de las Cibeles intentando reconocer “los foquitos esos de la esquina esa” que están afuera del Club Montés, según dijera un cuidador de carros.

Un espectro caminó a mi encuentro a la vez que disparaba intermitentemente con una lamparita. Me estacioné en el lugar indicado y tan pronto descendí se acercó el hombre de la lámpara.

—¿Te doy de una vez? —pregunté.

—Si no, joven, para darle a aquellos. —Con “aquellos” se refería a los de la grúa.

Antes de que la noche se poblara, y los vestidos cortos, las camisas de algodón desabotonadas y los pantalones de poliéster satinados merodearan con vanidoso exceso, el micrófono, las cámaras y los fotógrafos infrautilizados aparecieron. Después surgieron los hombros tersos y las sonrisas tan brillantes como las piernas descubiertas y diamantinas. Luego, como si una alfombra roja —tal cual lo establece el cliché— se desplegara a su paso y las luces de alguna pasarela internacional se iluminaran para elevarlas entre pupilas desorbitadas, aparecen tres mujeres con ajustadas y finas prendas. De inmediato, arriban cuatro hombres y dos mujeres que caminan esquivando sus propias y desmerecidas nubes de alquitrán. Y así las calles se inundan repentinamente de lociones y perfumes de boutique. Y los aromas departamentales financian cruzadas de presentes luminosos. Y especulan indicadores macrosexuales e invierten en intereses, y calculan déficit y superávit. La noche en la Roma está convertida en bolsa de valores del deseo y la fiesta en mercado de capitales.

La separación consumada

Como descendiendo a las entrañas de la ciudad, convertida en dios insoslayable, un largo pasillo se extiende, flanqueado a la izquierda, por un muro desnudo de tabiques y trabes; y a la derecha, por un largo librero. El pasillo, de iluminación sepia, configura una pulsión expectante. La música electrónica se desliza entre los tímpanos como un anzuelo que seduce gravitatoriamente. Arrastra los qué y los cómo. Los conduce hacia una respiración que ha dejado de ser la nuestra y la impacta sobre un gran espejo con el que finaliza el pasillo. En el espejo está emulsionado el nombre de la fiesta, del micro espectáculo: #2AñosClubMontés.

El reflejo es la conquista de la enunciación. La vida social se presenta como una acumulación de espectáculos. La inversión del reflejo se consagra como la vida misma. La disolución fronteriza de los espejos es la pista de baile y el campo de batalla. El desdoblamiento de la cosa y la representación, también regulan el metabolismo arquitectónico. Contrario a lo que pueda imaginarse, las entrañas no digieren contra un punto final, lo extienden en su contrario.

Deslizo una gruesa cortina y por fin el lugar aparece. Está vacío. Aunque el desconcierto me hormiguea por un instante, prefiero ignorarlo. El espacio es alucinante. Los meseros de pie, como esfinges de líquida aparición, todos de tirantes negros y camisa blanca, permanecen atentos a las primeras órdenes. Un barman pasa un trapo húmedo sobre la barra. Gordie, el dj, ocupa un pequeño aposento. De las paredes resaltan dos gatos montés disecados. En cada una de las mesitas bailotea la luz de una vela. Decenas de globos inflados con helio deambulan por cada rincón. El Club brilla como una galaxia saturnocéntrica, que orbita su materia alrededor de una setentera bola disco anillada por varios cinturones de infinitos colores eléctricos.

Como si cada uno de los elementos tuvieran asegurada la existencia por una delgada fragilidad que deben depositar en algún otro sitio para alargar su permanencia, todo se refleja en algo. Por ejemplo, el ojo saturnal de la bola disco aparece en las mesas, y las mesas, a su vez, se elevan hacia el techo. Una maraña de cruzamientos. Los mismos que probablemente me impidieran darme cuenta de que el antro se ha inundado y de que comenzó la frenética producción en serie de fotografías pastel. Cuando Susan Sontag escribió que “hoy todo existe para ser fotografiado”, quizá le faltó considerar que si remotamente no existe, alguien está dispuesto a crearlo. Las cámaras anteceden al fotógrafo y conceden, ilusoriamente, el estatuto de serlo. No es necesaria la mirada aguda ni el arrojo para confrontarse contra el tiempo; el calibre de la cámara hace el trabajo. El slogan de Kodak de finales del siglo XIX: “usted oprima el botón y nosotros hacemos el resto”, es el cuento de hadas que corona la inocencia. A excepción de la fotógrafa que me acompaña, los demás se concentran disparando el obturador contra poses bien ensayadas. Chicas, una foto. Se acomodan cuidadosamente el cabello, ladean el rostro al mejor perfil y sonríen. Clic. La memoria golondrina surca una vorágine interminable. Quién sabe cómo terminará esa frenética primavera.

La fiesta da el campanazo y los brazos y las piernas revolotean como una marea energética. Los dedos empuñados vibran como la onda de David. Los cabellos flotan livianos. Las gargantas absorben botellas, vasos, sudores. Las miradas latiguean encuentros furtivos. Sonríen. Coinciden en la barra y los roces son la comunicación freudiana. Se guiñan el ojo y vuelven a la pista. Bailan juntos. Los labios se desprenden de la boca y disparan un flechazo de perlas ennegrecidas. El dj ha dirigido a la gente hasta el borde de un volcán. Prepara, apunta y dispara un zarpazo que revienta las manecillas y el tiempo. Daft Punk irrumpe como lava ardiente. Una brisa color neón penetra la ropa y la piel. Los ojos se crispan y la ebullición sanguínea calcina el Club. Dos chicas beben cocteles flameados de un solo trago y se abrazan y gritan emocionadas. Un joven sudoroso, empañado de alcohol, las observa y aplaude. Varias chicas más bailan descalzas arriba de los cubos acojinados que sirven como asientos. Los acróbatas de bosques nevados se sacuden como maniquíes furiosos. Las trapecistas de la evacuación autoinfligida estrechan las manos cómplices. Un danzante de papeles cromáticos dinamita las siluetas extravagantes con una escoba que encontró quién sabe en dónde. La alianza de tambores azota contra los pechos. Las cascadas inagotables destilan cadencias inciertas. Los beats entumecen la lengua. Los reflectores azarosos disuelven el sigilo y la euforia derrite la respiración. El antro es un estridente escenario de vaciamiento y postergación de los cuerpos. La consagración del vértigo.

Y así la fiesta continuará durante dos horas más. La embriaguez y la alteración se fundirán orgásmicamente con la música que no para ni un solo instante. Yo estoy cansado y es hora de retirarme.

Afuera, la noche está fresca por la lluvia intermitente. De las hojas del frondoso árbol que se encuentra frente al Club, se precipitan algunas gotas. Mientras camino al auto esquivando pequeños charcos, una joven de zapatillas y cabello liso, bastante guapa a decir verdad, grita excitada a varios acompañantes: ¡Háblenle a mi chofer, nos quedamos otro rato! Y camina apresurada hacia la entrada. Un niño desdibujado observa la escena. La fiesta va para largo. En “otro rato” seguirá vendiendo dulces y cigarros.

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Crónica: José Lagos

Fotografía: Isabel TV

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