Pedro y el capitán

Fotografía obtenida de la Municipalidad de Villa Elisa.

Fotografía obtenida de la Municipalidad de Villa Elisa.

Luz y sombra es lo que reflejan los dos hombres que ocupan la fría habitación. Irónicamente, la luz proviene del individuo que no puede ver; está atado y encapuchado. Temblando. A duras penas puede permanecer de pie; seguramente no se ha derrumbado porque el pánico lo tiene paralizado. Y aunque el otro hombre habla mucho, parece no decir nada. Su rostro en sombras deja entrever un alma lastimada por haber vivido una vida que no pidió.

—Te ofrezco un buen trato, Pedro. A pocos rehenes les hacemos tan buenas ofertas. Sólo tienes que darnos un número, un nombre… Con el apellido de alguno de tus informantes bastará para que puedas volver con tu esposa Aurora y tu hijo Alfredito. Seguro están preocupados por ti. Recuerda que yo soy el bueno, no te pondría un dedo encima, sólo estoy tratando de ayudarte. Si no hablas ahora, los matones harán su trabajo y tarde o temprano terminarás confesando. ¿Hablarás?

Aún después de la golpiza inicial, el encapuchado se rehúsa a decir palabra alguna hasta que la bolsa de la cabeza es removida; se rehúsa a hablar en esas condiciones para conservar la dignidad que no le han arrebatado.

—No, Capitán. No.

Una tortura infinita. Golpe tras golpe, parece un cuento de nunca acabar. Pero Pedro sigue firme, renuente a decir cosa útil para el Capitán. Descargas eléctricas, dedos rotos, cada vez menos dientes. Y de pelotas ni hablar, fue lo primero que le quitaron. ¿Cuánto tiempo aguantará? ¿A los cuántos porrazos empezará a cantar el prisionero? Qué situación tan frustrante para todos: Pedro molido a golpes, el Capitán sin pistas y el público a la expectativa.

La luz de Pedro comienza a apagarse; a cada escena se le ve menos vivo. Su ropa ensangrentada, un ojo morado y el otro a medio abrir. Tose sangre y apenas puede articular las palabras. A pesar de eso, no ha perdido la cordura aunque su aspecto diga lo contrario; entendemos que el final está cerca cuando dice:

—Estoy muerto, Capitán. No importa lo que haga o diga; nada interesa porque estoy muerto y a los muertos no se les puede chantajear.

—Por el amor de Dios, Pedro. ¡Hable! Lo que sea, de rodillas te lo pido… Por mí. Si no hablas, todo esto habrá sido en vano,  mi único propósito en la vida se habrá visto frustrado y la vida misma dejará de tener sentido para mí.

—¿Hablas solo, Capitán?

—No

—Te enseñaré cómo se hace. Aurora, lo único que extraño, ahora que soy un muerto en vida, es tu mano, esa mano que me da confianza, esa mano que se encontró con la mía una tarde de verano en la playa. Cómo quisiera tener esa mano tres, cinco, ocho minutos, tenerla por última vez. Explícale a Alfredito poco a poco lo que me pasó, que una noticia así de golpe trauma una infancia. Asegúrate de que haya entendido el primer capítulo antes de pasar al segundo, asegúrate de que entienda que sólo así podía liberarlo. Tendrás que ensayar tus palabras antes para no llorar mientras le hablas; si lloras mientras le hablas, pierdes credibilidad. Aurora, te quiero.

 ***

México es el tercer país más peligroso para periodistas. El la última década, han sido asesinados setenta y seis, además de muchos otros desaparecidos y otros tantos exiliados. La libertad de expresión ha sido censurada desde los niveles más altos del gobierno hasta los más bajos. El secuestro y tortura a los que son sometidos no podrían ser más reales.

Delirando desde un lugar no muy lejano,

Lady D.

Nota del editor: Pedro y el capitán es una novela teatral del fallecido escritor uruguayo Mario Benedetti, la cual se inscribe en el contexto de la dictadura uruguaya. En este texto, Lady D. escribe a partir de una adaptación libre representada en fechas recientes en el Foro la Bodega, de Morelia, Michoacán.

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Una respuesta a “Pedro y el capitán

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