4° Jazz fest Real de Catorce: Danzando con los coyotes

IMG_8599

Primer día.

Fue ese primer día, después de viajar durante más de medio día me hallaba cruzando ese largo túnel. Íbamos en el último camión de ese día gris, goteaba del techo y varios asientos se encontraban empapados. En el camión no cabía nadie más, todas las personas, sentadas o paradas, buscaban alejarse de las goteras y sin embargo, al salir del túnel, en las calles empedradas, una fuerte brisa  ya nos esperaba. El viento revoloteaba en el aire y las gotas de agua caían por todos lados, encontrándose con mi rostro descubierto y mi piel que respiraba de esa lluvia en las alturas de la Sierra, árida y seca. Las calles solitarias se habían vuelto resbalosas. La iglesia de San Francisco y los muchos puestos y negocios estaban desolados. Al irnos adentrando por las calles del pueblo fuimos encontrando puertas abiertas, focos luminosos y letreros que anunciaban posadas, pero fue antes de llegar al Puente de Zaragoza que nos refugiamos en una posada discreta y sencilla. Un blues sonaba por todas partes mientras el nieto de la casera nos mostraba la habitación. Un foco que no prendía, dos camas austeras pero cómodas y una mesa de plástico sería nuestro refugio para esa primera noche.

Despertar del viaje. Me lavó la cara en un tambo lleno de agua, mi espalda descansa de la mochila y el blues sigue sonando en todos lados. Dejamos las cosas y salimos. La casera, dueña de la tienda que se encuentra al lado de su posada, o en su posada, nos regaló un café mientras pagábamos nuestra estancia de esa noche. Caminamos al final del puente, dónde se extendía el escenario del Jazztival, con el café en la mano, que por instantes me hacía olvidar del frío que en mi cuerpo descendía junto con la noche que caía en esos cerros secos, y al horizonte decaía el Sol en el desierto, sólo se veía la tierra que se perdía con un distante cielo.

Ya en la noche, después del Blues se presentó Manguito Man (SLP) reventando la noche, seduciendo a todos los espectadores a bailar con un contagioso rocksteady. Sonaban los saxos, las percusiones y un guitarrista de un rancho cibernético con su pocho rojo neón que hacía vibrar las cuerdas de su guitarra loca… y fue justo ahí cuando lo vi, saltando o bailando en las piedras mojadas del puente. Desnudo, abrazaba el frío con su piel quemada por el Sol del desierto. Era un nómada ambulante, hijo de esas tierras, siempre alegre con su dyembe a la mano y una faja alrededor de su cintura para el peso de su mochila viajera. Era el Gus, o “el gusano” como le dicen de cariño, “un prototipo de Dios, muy extraño para vivir y muy raro para morir”. Sin anhelos, sin sueños. Listo para vivir todos sus momentos, sin juicio ni prejuicio se saciaba de la Sangre de Coyote (SLP) que al sonido del acordeón y la guitarra, esa mística bailarina movía su vientre descubierto y con una tierna y dulce sonrisa lo embrujaba.

Fue hasta el final de ese largo día, ya después de las presentaciones del Jazztival que lo encontré, vagaba por las calles solitarias del pueblo. Le hablamos. Buscamos una tienda, ¿Sabes de algo abierto? Sonriente nos respondió. ¿Buscan chelas? Ahí abajo venden caguamas. Aunque, más que una cerveza fría, en una noche jodidamente fría, buscábamos algo que comer. Vagamos con él en busca de nada mientras nos contaba cosas exageradamente agradables, siempre listo para hacer una analogía de lo que fuera: la música con el universo, las mujeres con el vino, y las diferentes formas en que reciclaba su mundo. Nos platicaba de los días en que se adentraba en la Sierra, de antes, mucho antes, cuando aún no llegaba la codicia del hombre moderno, ni existían pueblos mineros en ese lugar especial, en Wirikuta corrían ríos, había bosques y animales… ahora todo es vacío, solamente ilusiones llenan los espacios, sin principio, sin significado… pero somos parte de eso, de algo más grande que nosotros y nuestros anhelos, algo vivo. ¿Van al desierto? nos pregunta el “Gus”. Abunda… yo bajo mañana ¿Vienen?

IMG_8400IMG_8361IMG_8442IMG_8426

Abro los ojos. Despierto en el cuarto solitario de la posada. Salgo al patio, rodeado de arboles y jardineras, al fondo unas regaderas y para atrás unos corrales y más cuartos, y justo al lado de mi puerta está una pequeña parrilla de gas donde cocinaba una chica de Veracruz unos chilaquiles rudimentarios para ella y su amiga, mientras de su celular sonaban unas canciones de Manu Chao que alegraban la mañana. Platicamos mientras atendía el desayuno, me ofreció un poco y fue a su habitación a llevarle la comida a su amiga. Comimos, seguimos platicando y salimos de ahí. Caminamos por las calles hasta llegar al centro cultural, ya pasaba del mediodía y entramos. Adentro había varias sillas y unas veinte personas ocupaban algunas. Frente a nosotros estaban distintos instrumentos: percusiones, cuerdas y demás. Nos sentamos y un integrante de Manguito Man empezó a hablar, adentrándonos en el arte de la composición musical ¿Qué nos motiva?, ¿Cómo conseguirlo? y ¿De qué hablar? Ya sea sobre un tema, una melodía y algunas otras cosas sobre la improvisación y la esencia del Jazz, de eso se componía la clínica de experimentación musical de la banda potosina. Después hizo una pregunta al público, ¿Alguien toca algún instrumento? Varios levantaron la mano y replicaban su habilidad musical. Yo tocó la guitarra, otro las percusiones y cual instrumento hubiera en la sala. No es por demás decir, y a estas alturas, que conozco algo de guitarra, pero en ese momento surgió de mí la locura y después de un impulso levante la mano y le dije, yo tocó los timbales. ¿Qué es eso? – pensé hacía adentro. Se formaron dos grupos con todos los participantes y se agregaron los integrantes de la banda. Se reunió nuestro grupo y la idea era armar una improvisación pero tocando sobre algo especifico, un tema. ¿Qué tema? Duramos una eternidad para elegir un tema, al final fue el miedo… esa simple cosa de la naturaleza, todos cargamos con miedos, más reales, menos bizarros, eso no importa, la esencia de todos ellos es la misma, el reflejo de nuestra fragilidad, de nuestra humanidad, de la mortalidad y de nuestro inminente fin. Un blues sería lo más adecuado para expresarlo, comenzaron los más familiarizados al estudio musical a componer: distintas escalas, tiempos, octavas, quintillas… cuando se nos unió un integrante más, un guitarrista. Traía consigo una guitarra acústica de una madera claroscura, con brillantes cuerdas de metal, y entre sus dedos se asomaba una pequeña púa de un plástico claro. Se veía grande, tal vez de unos cincuenta años. Su pelo estaba canoso, sin rastro alguno de algún cuidado, al igual que su barba reflejando la vida de un nómada, la libertad de moverse, sin percepción del tiempo, sin cuestiones indiscutibles sobre el miedo, silencioso y con cierta suavidad movía las llamas de sus dedos entre los trastes, apretando las cuerdas plateadas mientras su otra mano las rasgaba, y en las grietas de su rostro la llama de un espíritu ajeno a la normalidad, lejano y distante, olvidado se reflejaba en su sonido, silencioso y cautivo mientras entre nosotros surgían comentarios sobre notas muy precisas que desconocía, y él interrumpió con una voz gruesa y raspada por los años: yo no sé nada de eso, yo solo tocó y me dejo llevar, me olvido… No se hablo más, por el tiempo, y en la presentación la timidez invadió al principio, el miedo a soltarse, de la nada el baterista retumbó sus tambores y cayó al silencio, empezaba a sonar un blues rockero, los solos y arreglos iban y venían entre los tres guitarristas, después un saxo improvisando, enfrentando al miedo con armonía. Justo al final de la improvisación regreso a mí ese impulso de nuevo, soltar las manos, librar los miedos, es la naturaleza, pero es impensable el pensar evitarlo, el olvidarse del miedo, negar nuestra naturaleza, nuestro principio y nuestro fin.

Tarde de ese segundo día. Me dirigía al Palenque por las calles donde deambulaba “el gusano”, iba afectado por algo que le había ocurrido. Sordo, ciego, mudo y con el pito de fuera caminaba por el pedregal, cuesta arriba, rumbo al Palenque. Adentro sonaba la Pompeya, y justo en un rincón, donde los rayos del Sol aún golpeaban la tierra, el Gus bailaba, agitaba los brazos y levantaba una y otra pierna, como si marchará. Gritaba de vez en cuando, ya con el pito guardado dentro de sus pantalones cortos, era Gus que explotaba con la música, despejando la mente y perdiéndose en ella.

IMG_8475

IMG_8530 IMG_8543

Al ir cayendo el Sol, comenzaba la música del Jazztival, haciendo presentación Maraakame (D.F.), un trío de Jazz que iniciaba sin su bajista, retrasado y en camino, a quién esperaban mientras los otros integrantes calentaban el ambiente con unos covers jazzeros. Sonaba la melodía de Weird Fishes (Radiohead) con el aire de libertad que tienen los acordes y ese estilo único del jazz, la improvisación del Chamán en “Wirikuta”, ya con el bajista, seducían el ambiente de la caída noche estrellada mientras la demanda de cervezas no paraba, que se vendían junto con café, discos de las bandas, camisas trágicas y demás artículos que el acrecentado turismo consumía, y los nómadas que se pasaban las caguamas de mano en mano, de botellas de plástico tomaban largos tragos de mezcal y fumaban tabaco liado. Al final un blues esperaba entre humos y Monroy Blues (SLP) salía a escena con un piano negro y el micrófono retro que ajustaba el cantante mientras su hermana animaba al público que aguardaba ansioso por que comenzaran a tocar ese blues cabaretero y provocara ese lado salvaje de todos con los fuertes golpes al teclado, los aullidos de la armónica de Ribelino y la desgarrante voz de su hermana que prendía al espíritu de esa noche.

¡Fuego! Hagamos un fogón, decían entre los campistas, que cada día eran más. Me uní a ellos, ansiando poder dormir bajo un calor que olvidara al frío que corria desde las alturas de la Sierra. Los arboles no abundan, todo es un llano seco, desértico, nada detenía los aires que soplaba algún dios a lo lejos. El fuego y la música sería el único abrigo de muchos que dormirían ahí, reunidos alrededor de una tímida fogata, una joronga, yjembes, armónicas, saxos y varias guitarras alegraban la noche, entre mezcal y cigarros, con personas de otros lugares, reunidos sólo por la música. Que música se escuchaba, todo era de todos, sintiendo las vibras de continentes lejanos, lo oriental lo desconocemos frente a lo occidental, pero esa música, esa noche, era nuestra. No había etiquetas o juicios, la música marcaba un instante en todos nosotros, un momento que creamos juntos en las alturas, a punto de tocar las estrellas, respirando el aire puro, conociendo formas de vida distintas. Viviendo simplemente. Y justo ahí, entre las fogatas y la música, haciendo sonar su guitarra loca estaba la Rata (guitarrista, Manguito Man), un rockero (des)hecho, sin reglas que seguir más que las de su guitarra y esas cuerdas incoherentes, quién solo un loco puede tocar, dar vida y ritmo. Es simple y un tanto confuso. Olvida todo lo que crees saber, y solo así podrás hacer música, decía mientras tomaba un trago de mezcal de la botella de Coca-cola de tres litros.

IMG_8622IMG_8686IMG_8673

Último día.

Todos llegaban, esperando la noche para sentir el blues de José Cruz, sentir la magia que carga consigo y todos los misterios que guarda en su desierto. Las casas de acampar se levantaban, diferentes tamaños, mucha gente. El pueblo, sus calles, los restaurantes, la cerveza, todo estaba vivo, iban y venían todo tipo de coches, buscando dónde dejarlo, olvidarse de todas esas cosas por una noche. Un atardecer brillante y se presentaba Iraida Noriega y su banda. Sintetizadores, un sonido celestial de su voz y el hikuri que colgaba de su cuello, postrado en el pecho de su cuerpo, alimentado de esa piel dorada que despedía al Sol agonizante en el horizonte de nuestras miradas. Entrada la noche y con el puente de Zaragoza repleto, tocaba Huazzteco un buen jazz tradicionalista, con algo muy popular que contar. Unos escuchaban sentados en las pocas sillas, otros buscaban lugar arriba de bardas y los más sedentarios estábamos en el suelo, impregnados por el sabor del folklore mexicano y los tragos de amargo licor por una iguana que cayó de la escalera. Después… llegaba el momento. Todos expectantes, esperando. Pruebas de sonido, un estuche lleno de armónicas, micrófonos para todas estás, amplificadores y un bombo con cuatro venados de varios colores, ansiando la llegada del guerrero, del legendario José Cruz. Los de abajo nos fuimos para las alturas, de pie frente al escenario, soltando las piernas, tomando tragos de mezcal a pesar de los incómodos gritos que ignoraba de los cercanos, y al mismo tiempo, lejanos espectadores, sentados en sus sillas, nublados por el humo y cegados por el incierto blues, que tal vez cambiaría su vida, de aquél viejo coyote que subía entre la ovación anonadante de todos los que han sido tocados por el sonido mágico de las incomprensibles experiencias, transformadas en versos por su armónica, y aquellos, quienes veían subir a un viejo en una silla de ruedas, con rayas en su cara, un lunar rojo entre ceja y el sombrero negro. Misterioso y silencioso, como la noche, tomo su lugar al centro del escenario. Los hikuris lo abrigaban, y su hija lo acompañaba de vuelta al lugar dónde nacería, tal vez, el espíritu de una música, del blues mexicano, el sonido de José Cruz. Vistazos a todo, pedales, monitores, micrófonos, los gritos y la emoción crecía viajando a través del viento por todos los cerros. “Wirikuta no se vende, se ama. ¡Peña no es mi presidente! mi apoyo está con los estudiantes”, sentenciaba con una voz fracturada por la esclerosis con la que lucha y logra vencer al cantar, quebrando su voz, alejándose de lo posible; sonaba su alma, no había lenguaje sino el espíritu hecho blues. Todo lo demás fue de sueños lúcidos, de otro mundo, cálido el blues bajo un quinqué, esta noche la medicina se intoxicaba, se impregnaba en mí, fumando y riéndonos… fumando y riéndonos… la Luna, que hermosa Luna, pronto estaría llena pero antes nos mostraba la magia en su cielo estrellado, en la antesala del centro del universo, desgarrándonos con un poco de blues, muriendo día a día, soñando despiertos, imaginando ilusiones en un vacio. Embriagado termino, seducido por algo, que sí conocía, jamás lo había vivido. Tres noches de éxtasis musical concluían y no paraba ahí. El Jazztival quedaba atrás y al frente de nosotros se alzaba el desierto. Mágico desierto, corriendo los venados azules entre los matorrales, cubiertos por sonidos de cascabeles y aullidos al rojo atardecer de esa, mí primera luna llena.

IMG_8773IMG_8834IMG_8825IMG_8848

Texto y Fotografía: Leonardo Segura

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s