Se fue el grito y crecieron las aguas

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15 de septiembre. Acabamos de hablar con la familia que está en Zirándaro de los Chávez, Guerrero. Una de las tías más grandes nos contó que nunca había visto el Río Balsas así de crecido y que durante la noche abrirían las compuertas de la presa El Caracol. Se escuchaba francamente asustada.

16 de septiembre. Hace más de veinticuatro horas no hemos podido comunicarnos con ellos. Hemos visto en las noticias que el pueblo quedó completamente aislado. En diferentes estados del país, la situación es cada vez peor. Mientras termino de comer, me tranquilizo un poco pensando que los medios de comunicación suelen ser bastante aparatosos y trato de no hacer mucho caso, pero las imágenes son impactantes. Gente que se quedó varada y se enfrenta a hoteleros codiciosos, gente que ha perdido gente, gente que ni siquiera se sabe dónde está.

17 de septiembre de 2013. Hoy, a diferencia de las últimas semanas, amaneció soleado en Morelia. He de confesar que aunque sigo intranquila por la familia en Guerrero, las ocupaciones rutinarias me distraen bastante. Libros, lecturas. Llego a casa después de un largo día lleno de letras, caminos y malos conductores. Abro la computadora para revisar que el libro que encargué ya venga en camino y mientras me actualizo en las redes sociales, el corazón se me encoje al ver una imagen de Zirándaro cubierto de agua. La descripción dice: Por favor, urge la ayuda para el Río Balsas, desde Zirándaro hacia abajo no hay comida y hasta hoy nadie ha hecho nada. Por favor, difundan la foto para que nos ayuden, es triste la situación, la gente está refugiada en los cerros. ¿Estarán mis tíos y primos pequeños también en los cerros? Mientras mi mente divaga en esos pensamientos, recibo un mensaje de un primo acapulqueño. La semana pasada, sus papás y su hermano, fueron a pasar las fiestas patrias a Zirándaro; como diría cualquier mexicano, se fueron de Guate-Mala a Guate-Peor. Al parecer acaba de hablar con su hermano desde el único celular que sirve en cinco kilómetros a la redonda. Le dijo que los desalojaron a la una de la mañana y están en San Agustín, un poblado cercano. Salieron de la casa con lo que traían puesto y obviamente no han podido volver para hacer el recuento de los daños. Si bien el río ha dejado de crecer, es imposible regresar.

¿Daños materiales? Muchos. Estoy casi segura que lo único que encontrarán cuando vuelvan serán las paredes y el portón de la entrada. Por el calor de Tierra Caliente, ninguno de los cuartos tiene puertas. Ya me imagino la televisión, los trastes y la ropa flotando río abajo.

¿Daños emocionales? No empiezo ni a imaginarlo. Mi familia es gente humilde, que vive feliz en su rancho alejado de la mano de dios pero que va a misa todos los domingos y días festivos. Son personas que conocen sus tierras y que nunca hubieran pensado que algo así era posible por lo que las previsiones que podían tener eran nulas. Como ellos, hay muchas familias ahí que probablemente volverán a casas vacías, a tener que reconstruir su hogar de los escombros. Si los pronósticos son ciertos, estás situaciones cada vez serán más frecuentes. ¿Qué harán las familias entonces?

PARTE II

18 de septiembre. Hoy llegó mi libro. Me sorprendió bastante la rapidez del servicio, aunque me siento bastante por la extensión, apenas y son 140 páginas. Mientras tanto, en las noticias, Manuel sigue llevándose todos los titulares, en un día ya ha pasado a ser huracán. En diferentes puntos de la ciudad surgen más centros de acopio: Plaza San Francisco, facultades de la UMSNH, UNAM. Las redes sociales están a todo lo que dan desde hace varios días compartiendo la información que les llega. Desafortunadamente, sigue habiendo muchos huecos que llenar y la angustia permanece.

Recibí un nuevo mensaje de mi primo en Acapulco. Su hermano le dijo que en unas horas regresarán a Zirándaro. Será la hora de descubrir qué ha dejado Manuel a su paso. El pueblo sigue sin teléfono, así que él y otros familiares que estaban en San Agustín se aventuraron a ir a Huetámo, el único camino que sabían podrían recorrer. Así fue y pudieron llegar sin inconvenientes. Desde ahí le llamaron para tratar dar noticias y dejarnos un poco más tranquilos.

19 de septiembre. Mi papá habló con una de sus primas en Huetámo, le dijo que tenía pensando ir a Zirándaro a ver cómo estaba la familia, así que le pidió les llevara algo de despensa.

20 de septiembre. No hemos vuelto a hablar con la tía que fue a Zirándaro, seguramente sigue allá y el pueblo sigue sin cobertura. Hablé con un primo lejano que estudia en el Distrito Federal, había olvidado que es de Zirándaro y su mamá y hermanas están también en el pueblo. Dice que están bien y que el agua no llegó hasta su casa, pero que ha sabido de varias personas que perdieron sus casas y todo lo que había en ellas. Se lee bastante triste y dice que le gustaría poder ir para ayudar a limpiar las casas y calles, pero que mejor usará el dinero del pasaje para enviárselo a la familia.

20 de septiembre. Hoy hablé con dos de mis colegas acapulqueños. Una de ellas no ha podido comunicarse con su familia a falta de líneas telefónicas; quiso ir a visitarlos pero sigue sin haber paso. El otro me contó que la mayor parte de su familia está bien, pero de un par de tías siguen sin saber nada. Una de ellas vive en una zona la costa y el manglar; nos dijo que la familia de su mejor amigo tuvo pérdida total de sus propiedades. Me comentó que la colecta de víveres que se está haciendo en la escuela será llevada a la región del Balsas, ya que es ahí donde se sabe no han llegado mucho apoyo.

23 de septiembre. Al parecer las cosas están más tranquilas en Zirándaro. La familia de Acapulco que se quedó varada ahí una semana por fin pudo volver y el resto se quedó limpiando el lodo. Aún no hemos podido hablar directamente con ellos, pero al menos ya están en casa. Algo lastimada, pero suya.

Delirando desde un lugar no muy lejano,
Lady D.

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