1985, el año del terremoto

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Gustavo Ogarrio

En la Ciudad de México, el 19 de septiembre de 1985, a las 7:19 de la mañana, según dicta la convención periodística e histórica del hecho, de las profundidades de la tierra surge la furia de un terremoto que deja a su paso una estela de vidas, edificios, casas, monumentos, imaginaciones, optimismos, presentes y futuros derruidos. Desde aquella fatídica mañana, la historia y el olvido sobre el terremoto han modificado drásticamente los modos de acercamiento a la memoria compartida de la ciudad de México.

Las reminiscencias personales se suman y se entrecruzan con la interpretación colectiva del acontecimiento. Surgen los lugares que desde su devastación serán recordados como emblemas de la catástrofe, como marcas indelebles en el registro de lo espeluznante, lugares cuya materialidad destrozada se consolida en la imaginación a punta de terror, melancolía y solidaridad evocativa: el Hotel Regis, el edificio Nuevo León en Tlatelolco, el Centro Médico, el Hospital General, gran parte de la colonia Roma, las torres de Pino Suárez, el multifamiliar Juárez, la Secretaría de Comercio… y así hasta que la sombra del concreto desfigurado, las vigas como telarañas vencidas y el escombro como evidencia inicial del brutal golpe a la ciudad, van cubriendo de anécdotas dolidas y de relatos heroicos y trágicos la aflicción colectiva.

Durante los días que siguen al terremoto se documenta —en noticiarios, periódicos, revistas y en experiencias de primera mano, en un oralidad urbana que arremete contra los poderes del olvido y el abuso— el fracaso, la corrupción y la ineptitud de las instituciones de gobierno y de los políticos ante el hecho. Se profundiza en las ventajas salvadoras y solidarias de la organización social espontánea o vecinal y surgen nuevos ritos y mitos de aquello que es bautizado desde ese entonces como la Sociedad Civil.

Evoco mi primer recorrido esa mañana del 19 de septiembre por las ruinas que había dejado el terremoto. Un trayecto de adolescente ocupado en dejar a un lado los restos de la niñez. Recuerdo la salida de lo que en ese entonces era mi nueva casa, en el sur Iztapalapa, el paso por el puente de Taxqueña y el asombro ante el Hotel Finisterre hecho añicos, ante la caída del Instituto Cultural y de varios edificios pequeños en la colonia Campestre Churubusco, vencidos todos por la gran ola de concreto.

Recuerdo también varios recorridos, en los siguientes días, por el centro de la ciudad. Es difícil nombrar lo que sentí al ver los rastros materiales de la muerte, las grandes tumbas de escombros, los signos de la desaparición inesperada y feroz. Las cifras de los muertos del terremoto serán para siempre inexactas e inciertas. En un principio se habla de tres o cuatro mil, en los siguientes días y años el número crece a veinte y hasta cuarenta mil. Los datos reales se esfuman en el vacío posterior de la especulación y la imposibilidad de verificar la matemática de la tragedia.

Y así, desde la mañana del 19 de septiembre de 1985, cada quien carga su memoria de lo espeluznante, su particular modo de enterrarse en lo que va recordando.

Fragmento de La mirada de los estropeados, Fondo de Cultura Económica.

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