El arte de la libertad

El arte es ser creativo sin reglas ni limitaciones, existe en algún lugar donde se encuentra la libertad.

Salwa Zahid

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Llegar a Guanajuato es llegar a un lugar detenido en el tiempo, a donde no puedes llevar ninguno de tus problemas o preocupaciones. Esas se quedan al pasar el primer túnel. El breve momento de oscuridad bajo tierra te permite reencarnar en una vida destinada a maravillarse con las calles empedradas, a perderse en el sinfín de callejones y a encontrarse en las mil y un historias que están guardadas a la vuelta de cada esquina.

Guanajuato es una ciudad mágica por donde la veas, una ciudad que sólo puede conocerse a pie. Por esa razón, es una ciudad en la que los peatones no respetan a los automóviles. Voces refugiadas desde la época colonial en cada una de las casas y plazuelas te susurran mientras te deleitas con los detalles de la arquitectura. El arte se destila y escurre por las paredes, inundando a los transeúntes de placer.

Esta increíble ciudad es sede de uno de los festivales culturales más importantes a nivel mundial: el Festival Internacional Cervantino. Este año celebra cuarenta y un años de su creación y participan más de tres mil artistas de treinta y un países. Está considerado como un evento clave en el país por la enorme cantidad de personas que asisten a él y la variedad de actividades que lo conforman. Sin embargo, cosas no tan buenas también se dicen de él: es una cantina al aire libre, se mea en cada esquina, las drogas a la vista de todos, los bares están hasta la madre de gente, no puedes tomarte ni una pinche cerveza a gusto, etcétera. Lo más curioso es que ambas realidades coexistan durante tres semanas.

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Llegué a disfrutar del FIC el segundo viernes porque me dijeron que era cuando menos gente suele haber. Si me hubieran dicho que era cuando más gente encontraría también lo hubiera creído porque las calles se veían infestadas de personas cantando Cielito Lindo, uno que otro Goya y tomándose fotos hasta con los indigentes. Caminar por la Calle Juárez, paso principal de la ciudad, fue lo mismo a convertirme en un pez que se encuentra en medio del cardumen.

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Esa tarde, acudí a una obra en el Teatro Cervantes. El teatro se encuentra frente a una explanada con la estatua de Don Quijote. A sus pies, un concierto ambulante se estaba llevando a cabo. Al son de la guitarra, los artesanos de la calle movían los pies y te invitaban a ver su trabajo: aretes de todos tamaños y colores, collares, mochilas y pulseras de cuero lucían su atractivo bajo la luz del atardecer.

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Aprecié la obra a una distancia prudente, desde el palco. El viento en un violín, de la compañía argentina Timbre 4 narra la cotidianidad de las familias disfuncionales y un desgraciado psicólogo que queda atrapado en su juego. El director y creador del grupo hace el papel más soso de la obra: el del niño mimado, dependiente hasta los huesos de la madre y que de repente cae en cuenta de que los papeles se invertirán y una vida estará en sus manos, aunque no lo haya pedido.

Para el siguiente evento era necesario llegar al otro lado de la ciudad. Las calles, un poco más rebosantes de gente y puestos de comida, comenzaban a despertar a la fiesta nocturna. Los Pastitos, una explanada ubicada a la entrada de la ciudad, fue escenario mudo del circo más raro con el que me había encontrado hasta la fecha. Cual pecera, el cuarto-escenario a dos aguas estaba montado en el centro e iluminado por todas partes. Las bocinas a los costados permitían escuchar lo que pasaba dentro. Del equipo de sonido no hay nada bueno que decir, estaba pésimamente calibrado, haciendo que las notas agudas te perforaran el tímpano y las graves te sacudieran el cerebro.

El Circo ContemporáNEO Danza Multidisciplinaria llevó a cabo una intervención dancística en la que también participó gente del público. Nunca he sido muy fan de lo contemporáneo, no termino de entender el mensaje que tratan de transmitir y lejos de inspirarme, me perturba. Muchas personas, sin embargo, gustan de ello, en las caras de los que me rodeaban vi reflejados sueños abstractos y viajes lejanos que parecían estar disfrutando. El frío y la falta de entendimiento me hicieron desistir de seguir contemplando el espectáculo y me retiré a descansar por unas cuantas horas.

Al día siguiente, visité uno de mis edificios favoritos en la ciudad. La Universidad de Guanajuato, cual castillo estilo colonial, es un edificio imponente e inconfundible. El precio a pagar por ver su interior es de únicamente 82 escalones. En el atrio estaba montada la exposición “7 maestros japoneses del cartel”. En colores y formas diversas, algunos correspondían a publicidad y otros simplemente al amor al arte. Se transmitía una fuerte crítica a los tiranos del siglo XXI: la guerra, la contaminación y la discriminación. Un indio piel roja con edificios en lugar de plumas en su cabeza fue el que más llamó mi atención.

Nos dirigimos hacia el Auditorio Euquerio Guerrero para continuar con nuestro viaje por tierras niponas y ver la película Historia de Tokio del director Yasujiro Ozu. Divisamos el lugar donde se haría la proyección desde el segundo piso de la universidad y cuando bajamos nos dimos cuenta que el acceso más rápido y sin escaleras estaba taponeado con cinta. Para nuestra buena fortuna, el encargado de la proyección y presentador de la película estaba ahí. Nos vio rogarle al encargado del patio que nos dejara pasar y le pidió que lo permitiera, restándole la poca autoridad que tenía el señor de la escoba y el recogedor para después hacer lo mismo con el chico que cuidaba en la entrada que nadie pasara con bebidas o alimentos.

Café en mano, nos dispusimos a ver una de las películas que está catalogada como de las mejores de la historia, en blanco y negro, tomas estáticas, protagonistas con pocas expresiones faciales y mensajes moralistas que dan mucho para reflexionar. En conjunto, un excelente trabajo de montaje, pero demasiado lenta para el gusto de esta escritora.

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Dos horas y media después, mi cuerpo ansiaba moverse. Explorar la ciudad es una aventura. Es necesario perderse varias veces para comenzar a entender a dónde llevan las calles y descubrir los caminos más cortos y menos transitados. Para eso, uno tiene que ir bien armado: tenis, agua, mucha paciencia y nada de vergüenza. La recompensa sin duda vale la pena, con solo salir de la calle principal, uno comienza a percibir de otra forma la ciudad. Los ruidos y los olores cambian. La gente que camina por los callejones más angostos no son turistas, son quienes los recorren día a día y que, solo los dioses sabrán cómo, sobreviven a las empinadísimas cuestas y a los miles de escalones. A cualquiera de ellos puedes pedir indicaciones y te explicarán de maravilla cómo llegar, incluso sabrán decirte algo de historia sobre el lugar o algún dato curioso si les das el tiempo suficiente.

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Por la tarde volvimos a la Universidad, esta vez a chuparnos los dedos. “Toma chocolate, paga lo que debes”, recitaba el chef César Martínez. De pie frente a un cadáver exquisito, cubrebocas gringo y cuchillo en mano, se dispuso a convertir el Tratado de Libre Comercio en Tratado de Libre Comerse. Comimos hasta que no quedó nada de la impresionante escultura de chocolate que yacía sobre la mesa al inicio de la performancena.

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Por la tarde conocí un Guanajuato completamente diferente. Más que calles y callejones, parecían ríos y cascadas. ¿Volver al cuarto? Imposible. Solo quedaba esperar. Conforme la lluvia fue deteniéndose, el sonido de los violines se hizo presente. Una gaita, una guitarra, un acordeón. El concierto estaba en pleno apogeo cuando llegamos. La Bottine Souriante animaba con su ritmo canadiense al público y los invitaba a que se despegaran de sus cuerpos por un rato. Era de esa música que alegra el alma y el cuerpo. La bailarina tenía una energía poderosa e increíblemente contagiosa, aunque no lo suficiente como para mantenernos en nuestros sitios cuando la lluvia arreció nuevamente. Casi cuarenta minutos nos refugiamos bajo un árbol, junto con otras quince personas. A un lado, los hotdogs de tres por $20 fueron todo un éxito, ya que con tanta agua no había otra cosa que hacer más que intentar entrar en calor.

Escurriendo, llegué a un Irish Pub. En el lugar, me sorprendió que encontramos una mesa libre; aunque mi mayor asombro fue que tenían cerveza artesanal muy buena. En la terraza del bar se escuchaba sonar rock en todo su esplendor. Cuando subimos, entendí que era una banda local, cuyo nombre nunca logré entender porque la dicción de la vocalista dejaba mucho a desear. Creo que bebió algunas cervezas de más. La banda tenía un amplio repertorio de canciones que iba desde los 80 hasta Allison, y que nos hicieron brincar en inglés y español durante más de dos horas.

Me conmovió, una vez más, ver que el himno de una generación sigue vigente. Ante una situación política incierta y de dudosa procedencia, las inquietudes no se han disipado. “Hay que arrancar el problema de raíz y cambiar al gobierno de nuestro país, a la gente que está en la burocracia…” Que hay corazones despiertos, indignados y enojados. “Dame, dame, dame, dame todo el power, para que te demos en la madre.” Que en ese momento, en ese insignificante lugar, diferentes realidades, desde el norte hasta el sur, coincidimos en algo: ¡Viva México, cabrones! A más de un año del regreso a la presidencia del partido político que con su dictadura inspiró originalmente estas frases, las cosas no pintan nada bien. Y aunque a todos nos dueles, México lindo y qué herido, “nadie hace nada porque a nadie le interesa.”

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Al día siguiente, el último de esta breve visita, tuve la oportunidad de conocer la ciudad a través de los lentes de Carlos Fuentes. En el recorrido, llamado Las Buenas Conciencias, caminamos por las mismas calles que los personajes del libro, sólo que casi doscientos años después. Cuatro generaciones son retratadas en tan solo doscientas páginas y al parecer sólo la última llega a conocer un poco de libertad.

La hora de volver se hizo inevitable. Una parte de mí, la que había reencarnado después del primer túnel, tuvo que morir para que pudiera volver a la realidad. Lo hizo lenta y dolorosamente. Presa de la rutina, aunque libre gracias a la creatividad.

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Guanajuato es una ciudad que no fue hecha para ser libre. Fue pensada, como el resto de las ciudades coloniales, como receptáculo de migrantes, con barrios de ricos y pobres claramente definidos. Las minas circundantes fueron saqueadas para mantener a la colonia española durante tres siglos, explotando a los residentes y empeorando sus condiciones de vida. Una transformación que nadie tenía prevista se dio junto con el enorme crecimiento de la población. Poco a poco, la ciudad reclamó la autonomía que le correspondía, extendiéndose hacia las montañas aledañas. Ansiosa por expandirse, la planeación fue nula y para cualquier foráneo, caótica. Para los residentes en cambio es un baluarte, un lugar que sienten como propio y donde se saben seguros.

Es a través del arte expresado en su arquitectura y su gente que la ciudad finalmente se ha vuelto libre. Gracias a eventos como el FIC, que no son casualidad sino causalidad, la ciudad ha tenido un repunte y reconocimiento mundial. Yo me pregunto cómo hará esta ciudad (y muchas otras), que depende del capital cultural y el turismo, para salir a flote ante la amenaza de un recorte de 4 mil millones de pesos de gasto cultural para el próximo año. Esto compromete su libertad y quizás el arte no sea suficiente para salvarla esta vez.

Crónica: Danielle Barriga
Fotografía: Ceci Barocio

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5 Respuestas a “El arte de la libertad

  1. Pingback: EL ARTE DE LA LIBERTAD – Crónicas día a día·

  2. ¡Muchas gracias! Nunca había escrito algo tan largo y me da gusto saber que alguien llegó hasta el final. Espero que puedas visitar pronto Guanajuato y compruebes lo narrado.

    Saludos 🙂

    • Es que resulta que ya he ido y por eso me gustó tanto, cuando fui me perdí en los túneles y solo al salir me di cuenta de que bien pude haber sido violado o asaltado adentro, fue como estar en el laberinto que describes.

  3. Pff maravillosa, me quedo con la imagen de una ciudad a la que entras por el túnel -oscuridad- y de pronto aparecen los edificios coloniales, los callejones y los laberintos de bares, cafés, vendedores, indigentes, sangrones, estudiantinas mal afinadas y la calle. Excelente crónica.

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