Vallartazo 2013

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Estaba sedienta de algo nuevo, de coleccionar otra historia, de descubrir otro mundo de sensaciones. El Vallartazo era ideal, perfecto para eso que necesitaba. Ya tenía algún tiempo deseando vivirlo, estaba entusiasmada, ansiosa por formar parte de él.  Pero ya me había hecho a la idea de que me lo perdería otra vez,  mis ilusiones se fueron difuminando hasta hacerse nada cuando nos dijeron que para poder participar en esta travesía, el pago y registro debía hacerse con un ¡año! de anticipación. Nadie quiere imaginar la respuesta que le dio mi cara esa persona cuando terminó de articular semejante barbaridad.

Se trata de la ruta más famosa de México en la que los apasionados del Off Road realizan una travesía desde diferentes puntos del país hasta llegar a su destino: Puerto Vallarta.

Mi sangre inquieta, como siempre, me había obligado a abandonar la idea del Vallartazo y canjearla por alguna otra locura que ya se estaba cocinando en mi cabeza.  Esporádica y sorpresivamente, así como suelen aparecer las mejores cosas de la vida, recibimos la noticia de que mis padres, mi hermano mayor y yo, podíamos ocupar los lugares de unas personas que finalmente no iban a poder asistir —pero claro, cómo no lo pensé antes, ocasionalmente suele pasar eso.

Aquellos lugares ya nos pertenecían,  desembolsé algunos miles que tenía ahorrados de mi trabajo como freelancer en fotografía. Hicimos el depósito y eso significaba que en unos días estaríamos partiendo. ¡Hell yeah!

La emoción colapsaba dentro de mi. Todo se había acomodado perfectamente para que yo pudiera estar ahí, viviéndolo, estrenando la experiencia. Estaba agradecida.

La aventura comenzaba desde ese momento; debíamos de tener todo el equipo listo en una mínima cantidad de días sobrantes: petos, cascos, jerseys, botas, llantas nuevas, googles,  remolque, la camioneta y las motos preparadas… ¡Aquí vamos papá!

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El martes 10 de septiembre había llegado, eran aproximadamente las 4:00 pm y nosotros apenas estábamos partiendo del Puerto de Lázaro Cárdenas, Michoacán, con rumbo a Colima. La camioneta con el remolque y el par de motos doble propósito que llevábamos se portaron bien durante el camino, pero justo antes de llegar se nos ponchó la llanta, lo cual retrasó nuestra reunión con el resto de motociclistas.

“Vamos dándole playa esta loquera”, pensaba mientras me ponía todo el equipo para comenzar esta travesía de tres días por la sierra. Debo confesar que me sentía bien “rudegirl” y lo disfrutaba.

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—Ay, pensé que eras hombre—, me dijo sorprendida la cajera mientras estiraba la mano para pagar el yogurt con el que comenzaba mi día.

—¡No!— advertí mientras soltaba una carcajada por la naturalidad en la que fluyó su inesperado comentario.

Me quité el casco para poder responder a cada una de sus preguntas que le surgieron al ver la fiebre de motociclistas cargando gasolina antes de partir. Me despedí y por fin me trepé a la moto con mi piloto.

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Las fieras comenzaban a rugir y a invadir la carretera. La gente dentro de sus coches no dejaba de mirar la fila de apasionados por el Extreme Off Road. Yo, por mi parte, comenzaba a sentir la sangre fluir por mis venas y la dulce sensación de libertad con ella.

Nos adentramos en la sierra y la vida empezaba a verse pacífica, sublime y genuina. Estábamos rodeados de nada y de todo al mismo tiempo. Ascendíamos  a los cerros y las nubes descendían a nuestro alrededor. Me sentía pequeña, como una diminuta célula viviendo dentro de un infinito y divino globo; segura y a salvo entre tanta belleza natural.

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A medida que avanzábamos, los paisajes cambiaban continuamente, siempre maravillando y apareciendo como el mejor regalo de existir; de vivir aquí, dentro de este mundo. Todo se trataba de disfrutar, de sentir placer y adrenalina con lodo. Aquí, el destino era lo de menos, quedaba en segundo plano, porque lo realmente importante era amar la extravagancia del camino y así funcionaba.

Hacíamos paradas para echar taco y cotorreo, hidratarnos con agua, cerveza o refresco. Todo sabía a gloria. Cargábamos pila para continuar. Los valores como la solidaridad y hermandad no podían faltar. Éramos un grupo, uno que se cuidaba y apoyaba en cada imprevisto.  La energía era exquisita, radiante, feroz y viva. Me llenaba de fascinación. Me limitaba a observar, sentir y registrarlo todo en mi organismo.

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Pero también, la aventura tomaba su papel en el juego, hubo rhinos volteados, motos descompuestas, caídas, golpes, grandes sustos y mucha emoción.

La primera noche viví una de las angustias más grandes de mi vida al saber que mi papá y mi hermano se encontraban perdidos en medio de la sierra por la madrugada, completamente solos, con motocicletas doble propósito demasiado pesadas para desafiar esas brechas salvajes y en medio de la absoluta obscuridad nocturna. Con suerte, cualquier ranchería o pueblito habitado les quedaba a aproximadamente tres horas de distancia. Sin embargo, gracias a Dios, todas estas situaciones propias de ésta actividad, sólo quedaron como grandes aprendizajes, experiencias e historias. De eso se trababa la pasión por esta aventura.

Inmediatamente después del incidente, regresó el frenesí. La mañana siguiente, aprecié el fastuoso paisaje que se pintaba desde el balcón de las cabañas en las que pasamos la noche, mientras el mecánico que nos acompañaba, se limitaba a poner en completo “on” cada juguetito agraviado por el camino.

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El motor ya rugía, y a su vez, el lodo se divertía conmigo saltando a mi cara y a todo mi cuerpo; pero quería más, le pedía a mi piloto más velocidad, más coleo de llantas. Muchos eran los kilómetros por hora a los que íbamos a las orillas del voladero, curveando y poniéndole vida a eso que llamamos adrenalina. Entre más potencia y fuerza había, más quería. De pronto todos parecíamos soldaditos de lodo, forrados de tierra y mugre; muchos no me creerán, pero era delicioso, aquello sabía a libertad pura, a presente, a realidad.

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La brecha fue quedando atrás hasta llegar a Mascota, un pintoresco pueblito Jalisciense, inundado por la misma euforia de otros grupos de motociclistas que, al igual que nosotros, hacían parada ahí para pasar la noche: era la ruta.

Les voy a contar del regodeo que vivía al momento de tomar una deliciosa ducha, quedarme quieta bajo la regadera para únicamente sentir el agua caer y resbalar por mi cuerpo. Me resultaba todo tan exquisito después de la mecánica de un día como ese; disfrutaba potencialmente de untarme crema, cambiarme y perfumarme. Luego del ritual, nos reunimos todos en la planta baja del bonito hotel colonial que ocupamos. Cada uno de nosotros se veía tan diferente, casi irreconocibles, era muy divertido vernos limpios y bañados.

La fiesta comenzaba bajo la luz cálida del patio del hotel, los asadores estaban listos; los salchichones, las salsas, los frijoles, la carne y la bebida nos daban la bienvenida. Nosotros por supuesto colaborábamos saboreando todo aquello. La música invadía cada rincón del lugar; los juegos, las pláticas, las risas y los bailes ridículos se encargaban de ponernos al nivel de la fiesta.

Una de las cosas que hace única a esta experiencia, es el regalo que te otorga adentrarte en un sin fin de atmósferas y sensaciones. A cada uno de los participantes nos caracterizaba habérnosla ingeniado para dejarlo todo atrás: el trabajo, la “zona de confort”, la rutina, las posesiones materiales y aquello que envuelve nuestro día a día. Lo cambiamos para hacerle frente a la naturaleza, a la energía y a la creatividad.

Durante los tres días de trayecto, me sobrecogía con el espectáculo de la naturaleza. En esos momentos el presente adquiría toda su fuerza, de manera  en que el pasado y el futuro se disolvían para hacerse nada. Sólo estábamos ocupados por vivir el momento.

Vivimos en un mundo que se mueve a toda velocidad y nosotros con él, siempre a prisa, buscando llegar al destino sin valorar el camino. Esta aventura fue un “stop” a esa dinámica. Se trató de ir “lentamente” y disfrutar de este “mientras tanto” que en el resto de nuestra vida despreciamos. Basta con detenerse y no apurarse para ganar tiempo. Cuando se están viviendo estas experiencias, uno aprecia lo que tiene y lo que tiene ¡ahora!

Ver a tanta gente contagiada de la misma locura, del mismo frenético placer que los une y hace compartir esta aventura es una delicia. La energía de cada uno se eleva hasta encontrarse y formar juntos un remolino de éxtasis, para después estallar como una gran bomba que arroja al aire un sin fin de serpentinas multicolores capaces de hechizar a cualquier alma sin aparentes tintes extremos. Eso es y fue mi Vallartazo 2013.

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Crónica y fotografía: Jacqueline Aleydis

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Una respuesta a “Vallartazo 2013

  1. Hey!!! Que chido lo que escribiste, me lo acabo de encontrar y ya vamos a comenzar el 2014!! van a hacer falta, salduos roja #2

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