¿Por quién doblan las campanas?

Catedral de Morelia I Fotografía: Jacqueline Aleydis

Catedral de Morelia I Fotografía: Jacqueline Aleydis

Imperceptiblemente, el mundo dejó de girar. Los murmullos y las risas se apagaron paulatinamente, los autos se encontraban distantes y apaciguados. El habitual sonido de los bares brillaba por su ausencia y los transeúntes apenas y movían la cabeza. Sin lugar a dudas, la multitud atiborrada en la calle principal del centro de la ciudad esperaba algo.

A lo lejos, débilmente, comenzó a oírse el clamor de unas campanas. Mientras el sonido se volvía cada vez más nítido y embriagante, los sentidos íban agudizándose. ¿Era eso lo que ansiábamos llegara?

Un estruendo confirmó las sospechas. Algo parecido al sonido de un gong nos sacó del estupor. Talán. Las campanas más graves de la Catedral comenzaron a sonar. Al sur, nuevos repiqueteos llegaron. El primer concierto de campanas en la ciudad de Morelia había iniciado y era hora de comenzar a caminar. Mientras la mayoría de la gente permanecía inmóvil, tratando de distinguir las figuras que hacían posibles los sonidos, improvisé una ruta que se alejaba lo suficiente de ahí.

A dos cuadras, en el Templo de las Monjas, los campaneros eran más que visibles. A través de los enormes arcos del campanario, las pequeñas formas se inclinaban una y otra vez para hacerse sonar. En la calle, los cuellos giraban para tratar de captar la sinfonía que les llegaba de extremos opuestos, mientras se preguntaban qué pasaría a continuación. Bajando hacia el norte, la Iglesia de San José, con una de las torres más altas, mostraba un espectáculo totalmente distinto. Rodeada de transitadas calles, la sinfonía de furgones conurbados se mezclaba con el tintineo. Solo unas cuantas personas permanecían de pie en la plaza tratando de distinguir los sonidos, mientras la mayoría parecía mucho más preocupada en que no se les fuera el último camión del día. Este escenario de apatía se encontraba por doquier, bastaba con salir de la calle principal para encontrarlo.

Al oeste, la Plaza del Carmen, zona roja del centro que suele ser evitada por las familias después de las seis de la tarde y frecuentada todo el día por sensuales mujeres de zapatillas y minifalda, nos sorprendió con una lluvia de papeles dorados. Más basura que terminará tapando alguna alcantarilla. En alguna perdida cochera, sonaba un danzón calentano y el zapateado estaba a reventar.

Llegamos al Jardín de las Rosas casi una hora después de haber iniciado el recorrido. Este hermoso pasaje, emblemático lugar de la ciudad de Morelia, rodeado de un teatro, una escuela, un museo y un sinfín de cafés-restaurantes-bares, vomitaba gente como es habitual. Las gargantas trataban de hacerse oír en medio de una trova que se escuchaba a todo volumen. Pienso que hay días en los que ni todas las campanas del mundo son suficientes para romper la rutina; y este viernes no sería la excepción.

El concierto, celebrado dentro del marco del Festival Internacional de Música Miguel Bernal Jiménez, estaba a punto de terminar. Desde una banca algo incómoda, disfruté el final del concierto, coronado por un cielo de mil colores y explosiones extravagantes. Los fuegos artificiales son comunes en ese lugar ya que cada sábado acompañan el encendido de la Catedral moreliana. Ese día, sin embargo, fue diferente. Ante la ausencia de los horribles villancicos dedicados a alabar la labor que el gobierno estatal y municipal realizan, se podía escuchar en toda su magnitud el estruendoso colorido de sonidos. Una estrambótica belleza.

Para que el espectáculo se llevara a cabo, fueron necesarios dieciocho templos, ciento quince campanas  y ciento treinta voluntarios que aprovecharon esta única oportunidad de subir a las torres y contemplar la vista privilegiada; normalmente está vedada para los mortales. Con las orejas bien cubiertas para resguardar los tímpanos de los campanazos, la centena de voluntarios hizo posible este espectáculo musical sin precedente alguno en la ciudad.

El director, Llorenc Barber, incitó a apoderarse de los espacios públicos y disfrutarlos de una manera diferente; a darnos cuenta que ese día, durante una hora y media, las campanas iban a doblar por nosotros, que no somos islas… Me pregunto cuántos morelianos se enteraron siquiera que esto sucedió.

por Danielle Barriga

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