Todas somos putas

A PROPÓSITO DE LA MARCHA DE LAS PUTAS Y DE CÓMO LAS MALAS MUJERES SE PARECEN A LAS MALAS PALABRAS.*

Por Laura Hernández

Los derechos de la mujer son los deberes del hombre.
Karl Krauss

Va a caer, va a caer, el machismo va a caer.
Consigna en La marcha de las putas

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Debo empezar por reconocer que el término blablaísmo es creación de mi amigo, el poeta Tonatiuh Mercado, un experto blablaístaque sabe que las palabras son artefactos de enorme complejidad que sirven para una infinidad de funciones, entre otras, la de permitirnos golpear al poder en su lado más débil: su esencia no humano.

Por eso, comenzamos está columna con el ánimo de festejar el lenguaje y su capacidad de crear sentidos, a contracorriente de esa tendencia a indiciar los “usos correctos” de las palabras, que es la manera en que las academias y otras instituciones dedicadas a practicar el control policíaco sobre la libre expresión analizan los significados de las palabras. No obstante, con ellos no queremos decir que no exista un abuso del lenguaje que identificamos con la simulación, típica de aquellos que aparecen en los medios de comunicación diciendo nada. Esto es, a la verborrea del poder oponemos la creatividad de la resistencia, una cualidad esencial del lenguaje que siempre resulta amenazante para quienes buscan conducir a los ciudadanos a la uniformización del pensamiento y a la incapacidad reflexiva.

Toda respuesta contra esta condición se rebela en una creación conceptual que puede darse como la apropiación de una palabra desde el discurso del poder dotándola de un nuevo significado. Así sucedió el pasado domingo en “La marcha de las putas”, en donde las mujeres que asistimos nos llamamos a nosotras mismas putas porque compartíamos la convicción de que tenemos derecho a no ser agredidas, verbal o físicamente, independientemente de nuestra forma de conducirnos, ya sea en nuestra forma de hablar, de vestir de caminar o de maquillarnos. Pues si el discurso machista legitima el hostigamiento hacia las mujeres cuando éstas muestran su cuerpo, en virtud de que, se dice, esto excita a los hombres, provocando una reacción agresiva como resultado de su naturaleza esencialmente sexual, nosotras pensamos que este es un falso argumento que está al servicio, no solo del control de los cuerpos femeninos, sino también de los masculinos porque sirve para reducir a los hombres a una condición que lejos de ser erótica es la de la mera dominación de los cuerpos, pues ni siquiera apela al apareamiento con fines reproductivos.

El discurso patriarcal no es, en realidad, un logos que favorezca a la masculinidad, pues reduce a los hombres y a las mujeres a una condición no humana, en la que la sexualidad deja de ser erotismo para convertirse en una forma de poder o sometimiento de los cuerpos. El fin de la moralización del cuerpo es la de no dejar espacio al juego erótico, a la imaginación, que es lo que nos permite ir al encuentro de los otros cuerpos: al amor.

Karl Krauss, un incisivo periodista vienés de principios del siglo pasado, resumió de manera audaz para su época esta perversa situación en uno de sus famosos aforismos que hermosamente declaraba: El hombre ha canalizado las aguas bravas de la sensualidad femenina. Ahora ya no inundan la tierra. Pero tampoco la fecundan. Para Kraus, la mujer es la que denomina la esfera del erotismo, pues su naturaleza está ligada al fundamento de la vida; el hombre, por el contrario, está sometido a esa naturaleza salvaje porque su función es otra más racional, de ahí que concluya en otro aforismo que: Una mujer cuya sensualidad nunca acaba y un hombre al que siempre se le ocurren ideas: dos ideales de humanidad que el género humano considera patológicos.

La tragedia de la cultura occidental consiste en haber trastocado la naturaleza humana, provocando en consecuencia que el hombre sea quien deba mostrarse como quien posee el dominio de lo erótico y la mujer, entonces, deba simular que carece de él. La sociedad está obligada a ser hipócrita y garantizar que se cumplan estos papeles, con el fin de que la inevitable transgresión de la norma moral sea la constante que permita sancionar a la mujer cada vez que busque recuperar su naturaleza erótica y escape de la dicotomía entre la mujer buena (la madre esposa) y la mujer mala (la puta), que en la marcha se mostraba una consigna que rezaba así: Ni santas, ni putas: somos mujeres. Sin embargo, se añadía en otra consigna: Si ser puta significa ser mujer libre e independiente, que disfruta su cuerpo sin prejuicios morales, este día reivindico esta palabra y la uso con orgullo.

Fotografía tomada de la Marcha de las Putas.

Fotografía tomada de la Marcha de las Putas.

Y aquí llegamos al punto que más interesa, a saber, la posibilidad de que una palabra que tiene un significativo peyorativo y moralista, puede ser usado con otro significado.  La cuestión es complicada de entender porque todo mundo piensa, bajo la influencia poderosa del diccionario, que una palabra tiene uno y sólo un significado, pues todos los otros son solamente desprendimientos metafóricos de aquél que es literal. Sin embargo, así como una mujer puede ser muchas cosas, además de madre, esposa o puta, una palabra también puede significar cosas diferentes en dependencia de quien la diga y en qué lugar. Los significados de las palabras no son dados desde otra instancia que no sea la vida humana, y así como no hay una sola manera de vivir, tampoco hay un único significado de las palabras y sus variaciones obedecen a la posibilidad de que esa vida puede modificarse. Por ende, la palabra puta tiene su historia, una vida en la vida humana, la misma que aparece en transformación en la marcha, provocando en cadena la modificación de otras palabras que entran en su campo conceptual, y modificando toda una manera de vivir y comprender la relación entre las mujeres y los hombres. Para entender este poder de las palabras es revelador lo acontecido con la palabra “puta” en Rusia, donde la zarina, Catalina la Grande, era llamada por el pueblo “la puta”, debido a que se le consideraba una promiscua. Cuando ella se enteró de que la llamaban así, montó en cólera y prohibió que se dijera esa palabra con la amenaza de que sufriría quien la profiriera la pena de muerte. La dimensión política de la medida fue recuperada en la memoria del pueblo ruso al caer el régimen soviético, pues en las primeras marchas de protesta, durante la llamada Perestroika, se gritaba la palabra “puta” como emblema de la libertad de expresión que se exigía.

Si muchas personas no pudieron entender la recreación conceptual que tenía el término “puta” cuando era pronunciado por una mujer en la marcha del domingo 12 de junio en la Ciudad de México, eso se debió a esa concepción plana del significado que no reconoce el poder que tienen las palabras para crear nuevos espacios y, por ende, nuevos conceptos. Pensar que las palabras sólo sirven para comunicar ideas y no para construir mundos es lo que conduce también a que la propia palabra sea impronunciable. Por ejemplo: un vendedor de uno de los puestos que  vendían objetos del movimiento encabezado por López Obrador, en el Hemiciclo a Juárez, cuando alguien le preguntó si ya había terminado la reunión del movimiento MORENA, él comento que sí, que ahora había llegado “La marcha de las prostitutas”, para evitar nombras la palabra prohibida y así no convocar a las fuerzas del mal.

Las palabras son mágicas. Pronunciar una palabra prohibida permite crear un espacio indestructible, y su prohibición sólo consigue, en consecuencia, deslegitimar ese espacio desde un punto de vista moral. “La marcha de las putas” fue un logro en ese sentido pues, por una parte, consiguió reapropiarse de una palabra para crear un nuevo concepto de lo femenino, de acuerdo con el cual toda mujer tiene derecho a expresarse a través de su cuerpo (todas somos putas, por eso), y la trasladó desde un espacio moral (que es el que deslegitima el uso de la palabra), a uno político, al convocar a una marcha que ocurre en el espacio público para hacer posible que el tema se discuta como parte de los asuntos relacionados con los derechos humanos de las mujeres y de los hombres, pues no hay duda alguna de que quienes más se denigran al acosar a las mujeres son los hombres, como quedaba constatado en el cartel de un hombre asistente a la marcha, que en la espalda mostraba las siguientes palabras: Soy machín, por eso respeto a las mujeres. El término “machín” también adquiría un nuevo significado porque cuando una palabra crea nuevo significado, toda la constelación conceptual a la que pertenece también es revolucionada. Asimismo, el carácter festivo y no ideológico de la marcha revolucionaba el sentido de lo político al erotizar los cuerpos que marchaban mostrando cuerpos sensuales y consignas provocativamente sexuales, como la que declaraba: Escucha baboso, yo escojo a quien me cojo.

No hay malas palabras como no hay malas mujeres, lo único que existe es la posibilidad de usar nuestras palabras y nuestros cuerpos como un camino para ser más humanos, pus con las palabras y con nuestros cuerpos podemos llegar a encontrarnos nosotros mismos en los otros, con los otros. Sólo aquellos que no pueden estar ya con los otros imaginando nuevas vidas podríamos decir que han perdido el rumbo y han dejado atrás, abandonados, sus cuerpos y sus palabras. Ya sólo piensan en apropiarse de los otros cuerpos porque carecen de cuerpo, pues las palabras son el cuerpo del alma.

Fotografía tomada de la Marcha de las Putas.

Fotografía tomada de la Marcha de las Putas.

 

*NOTAS:

-Este ensayo iba a ser parte de una columna constante en cierto periódico, pero nunca salió a la luz, por eso los 2 primeros párrafos introducen de esa manera la columna que se llamaría “Palabreando blablaísmos”.

-La marcha que narra ocurrió el 12 de junio del 2011.

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