Zoé en Morelia: ¿Panoramas de amplitud?

Fotografía tomada de La Voz de Michoacán.

Fotografía tomada de La Voz de Michoacán.

Danielle Barriga |

Finalmente, hace casi un mes tuvo lugar el por muchos ansiado concierto de Zoé en Morelia. Ese día estuve ahí, como suele sucederme a cada rato, por casualidades de la vida. La verdad es que a mí la banda ni me gusta. En cambio, mis amigas son harina de otro costal y ellas, al igual que miles de fans, estaban emocionadísimas con la idea de escucharlos en vivo. Desafortunadamente, la desidia pudo más y cuando por fin comprarían los boletos, ya estaban agotados. Y yo, confiada en que irían, ya tenía el mío en la mano.

Pude haberme echado para atrás y quedarme en casa leyendo hasta que el sueño me venciera, molesta con ellas una vez más por su falta de compromiso. Pero después de tantos años de conocer a la gente, una se acostumbra a la impuntualidad y trata de verle el lado amable a esas cosas. No es por maldad, lo juro. Es que me divierte el juego; y a veces, si el cielo está despejado, incluso pueden verse las oportunidades revoloteando por ahí.

Así que ese viernes 28 de febrero a las siete de la noche, mientras ellas buscaban desesperadamente un revendedor no tan manchado, yo esperaba en la entrada del Palacio del Arte hablando con desconocidos sobre lo que hablan los extraños: el clima.

“Llegamos desde las cuatro de la tarde”. Dos chicas y un muchacho nada feo esperaban casi al inicio de la kilométrica fila que les daría entrada a la parte intermedia de las gradas. Diez metros más adelante, una línea todavía mayor esperaba para acceder a la parte más alejada del escenario.

Una hora y media y un vómito contenido después,  pudimos entrar. Vueltas, vueltas y más vueltas dimos antes de llegar al ruedo, ese lote frente al escenario, habitado únicamente por los más firmes creyentes. Desentonando, como también suele sucederme a cada rato, yo estaba ahí para darme una oportunidad de disfrutar a los “rockeros”. Total, el Prográmaton, su más reciente álbum, me había parecido mucho más maduro que los anteriores. ¿Qué había que perder?

La mayor sorpresa la tuve al escuchar a los teloneros de Zoé. Ocupando una ínfima parte del escenario, Reyno, un trío de defeños, dio inicio al delirio con la ilusión de transportarnos a un lugar donde todo puede ser perfecto, sin nada que esconder. Un cambio de escenario después, Vetusta Morla hizo vibrar los asientos cuando los integrantes transfirieron su vitalidad nota a nota. En resumen, dos grupos saturados de testosterona que pueden poner de buenas a cualquiera. O mejor dicho, casi a cualquiera. El difícil público moreliano estaba tan ansioso por los latidos electrónicos de Zoé que no pudieron disfrutar la genialidad que ofrecía el concierto en su totalidad. Pero ni qué hacerle, no funciona como lo queremos, funciona como se supone que tiene que funcionar.

Entre abucheos y silbidos, los españoles se despidieron. Media hora, seis hombres y mucho Maestro Limpio después, las luces se apagaron. En ese momento, la ansiedad se hizo palpable al mezclarse con el humo despedido de los cigarros y el polvo de la pista, haciendo casi imposible respirar.

Cambios insufribles de instrumentos precedían a los ya conocidos sonidos eléctricos del quinteto. Con los desajustes de los micrófonos sólo perceptibles para el vocalista, la prepotencia se hizo visible; las muecas de descontento mal disimuladas por la melena de León fueron perdonadas en cuanto lanzó la primera y única rosa.

Todavía más disculpados quedaron cuando los clásicos comenzaron a materializarse entre notas de luz. Una dulce perla blanca, moreliana; y otros sinsentidos que brotaban de las gargantas sin necesidad de procesamiento alguno.

Y así, cuando sonaron canciones desconocidas, la apatía del público fue casi tan grande como la demostrada hacia los teloneros. Habiendo percibido esto, cual diva de televisión, Zoé anunció su última canción y se retiró con la frente en alto. Minutos después volvería para “regalarnos” su Love y decir adiós de una buena vez.

Después de cuatro horas, el concierto había llegado a su fin y mis pies ya no podían estar de pie ni un minuto más. Me dirigí al sitio de taxis más cercano con la ilusa idea de irme pronto a casa.

-Oiga, no ando en servicio, necesita llamar a la central para que le manden una unidad, con tanto desmadre no se están dando abasto. Tome, aquí está el número.

Puta madre. Pésima idea sus tarjetas de presentación con fondos oscuros. Mientras rogaba para que no se cortara la llamada, los beeps iban y venían. Nada.

Algo tuve que haber hecho bien esa semana porque cinco minutos después, un taxi vacío llegó y pude descansar las pantorrillas. El ronroneo del motor, el cansancio acumulado y el sueño emergente hicieron mezclar mi delirio con el de las letras de los teloneros. Fue un golpe maestro dejarnos sin ganas de vencer, quitarnos la sed. Que eso nos han hecho: acostumbrarnos a llenar el vacío con poco, todos con lo mismo, viviendo en el pasado, enseñarnos a mirar lo nuevo cuando ya es obsoleto.

Fue un atraco perfecto, excepto por esto: nos queda garganta, puño y pies.

Adoloridos pies, pero sirven. Pocos, pero existen.

Dejaron un rastro, ya pueden correr, ya vuelve la sed.

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