El Bejuco: la costa del color

Foto: Jacqueline Aleydis

Foto: Jacqueline Aleydis

Jacqueline Aleydis || Cambié lo estático por el movimiento, la computadora por la cámara, el piso por la arena, el techo por el sol y el aire acondicionado por el viento. Mi oficina se había transformado esa semana y estaba feliz con la idea; sin duda, la nueva oficina era mucho más rudimentaria, pero divinamente genuina, así como prefiero.

Era un lunes, recién comenzaba la semana y yo junto con ella. En ese momento me encontraba en mi ritual de transformación física para dar el noticiero matutino – y le llamo así porque de verdad siento que el poder del maquillaje y el peinado son más fuertes de lo que se pueda ver por fuera. Me hacen sentir que me alejo de mi por un momento, que me convierto en otra persona, en alguien que cuando lo veo al espejo no tiene mucha relación con lo que guarda adentro; es algo diferente a lo que acostumbraba, pero ya hasta disfruto jugar con toda esa magia – entonces, estaba en ese lapso, cuando de pronto me acercaron el teléfono. ¡Una llamada para mí! Era mi jefe – ¡por fin! – quería hablar con él y preguntarle sobre algunas cosas que necesitaba para continuar con mis labores.

Pasamos varios minutos colgados al teléfono, entre indicaciones y propuestas, pero todavía recuerdo la sensación prodigiosa que experimenté cuando articuló una palabra de cinco silabas: “Des-em-pól-va-te”- así como en cámara lenta – me dijo, cuando me dio la oportunidad de ser testigo del nuevo fenómeno artístico que ya se desencadenaba en el Bejuco, un poblado de la costa michoacana que había permanecido bajo las sombras del agobiante ruido de la nada y que pasaba cada día dedicando su belleza al mundo, pero sin ser reconocida ni contemplada por nadie.

Hacían falta testigos, exploradores, descubridores, artistas y emprendedores para dar a conocer el sortilegio que envuelve a este lugar. Los conocí a todos, sin dejar de admirarme por el compromiso social que cada una de estas personas tiene por impulsar el desarrollo cultural y turístico de esta comunidad, sin obtener los típicos beneficios materiales que tanto enloquecen al mundo, únicamente dejaban al desnudo la satisfacción que poseen por compartir y ser un agente de cambio.  Así… sin más.

Fueron cuatro los días que estuve en este poblado, documentando la conversión al color que vivía El Bejuco en cada una de sus fachadas. Fueron 16 los artistas que recibimos, la mayoría de ellos provenientes de la ciudad de México, otros de Morelia y un par de Colombia. Una explosión de pintura y energía creadora estaba a punto de esparcirse por cada rincón, grano de arena y molécula de agua.

Pocos saben del vigor que estimula a las almas creativas, el sentir el cálido aliento del sol, las cosquillas de la brisa, el desenfado del viento y el olor a tropical bajo una atmósfera de color apasionado.

Cada mañana, tarde y noche nos reuníamos todos en el comedor de doña Iris para saborear sus platillos – y más vale que no olviden su nombre, porque ella y todos los dedicados al arte culinario de El Bejuco son unos grandes maestros de la gastronomía costera – mientras la convivencia entre las almas jóvenes era desbordante. Realmente lo disfrutaba y sin pensarlo estaba teniendo la vida que buscaba. Todo se conjugaba en aquel momento.

Tenía al frente un mar como una pintura infinita y viva que me dejaba inspirar y aprender de otros artistas, mientras conocía y compartía con niños, adultos y gente mayor, respirando la pureza de ellos, y lo mejor de todo era que traía a mi mejor cómplice para registrar lo descubierto: mi cámara. Cada día me convertía en una afortunada.

Escuché varias historias con diferentes voces, conocí el compromiso y la solidaridad con diferentes matices, pertenecí a otra comunidad que vive con más bondad la esencia de la vida, vi otras combinaciones de colores y geometrías, gocé de los sabores y me volví parte de un auténtico proyecto que, sin duda, seguirá latiendo cada vez más fuerte.

Para los días 24, 25 y 26 de octubre estamos preparando el siguiente festival de policromía en El Bejuco, Michoacán; pero, en esta ocasión combinaremos el arte urbano con la música, competencias de boogieboards, rallyes de BWS y muchas otras sorpresas. No puedo dejar de mencionar mi más grande admiración para la gente de la televisora michoacana Nuestra Visión que han impulsado esta grandiosa labor social y que actualmente, funge como organizadora y patrocinadora oficial de toda esta revolución de color.

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