«Vuelve a la vida», un coctel de nostalgia

vuelve a la vida 2

Un día de inmemorable recuerdo de calor frenético y tropical, las pertrechadas playas de Acapulco se atiborraron de contingentes cuerpos bañados de sol. En los sesenta y setenta, la costa de Guerrero irrumpió en los ojos asfálticos, y de la arena y los peñascos brotaron castillos de cemento y varilla que alzaron sus torres encima de palmeras y casitas que nunca crecieron. El lugar de las cañas se levantó como La Perla del Pacífico; como La Reina de la Riviera Mexicana. La crema y nata de la farándula nacional se bañó en sus aguas, el jet set internacional se enrojeció con sus vigorosos rayos de sol.

Flotando entre esas aguas, Vuelve a la vida, primer largometraje documental en solitario de Carlos Hagerman, remonta y reconstruye, a partir de un coro visual y testimonial, como en un afrodisíaco y pintoresco coctel, las hazañas locales de un acapulqueño de cepa: Hilario Martínez, o El Perro Largo, como lo recuerdan amigos y familiares.

El documental, como una canción tropical de Walter Torres o Mike Laure, que encuentran sus notas en el mar, está articulado narrativamente como si bailara al ritmo de un huracán. El ojo, la tonada, la órbita está en el ombligo caluroso de los años setenta. Entonces, un tiburón tintorera azotaba las paradisíacas y pervertidas playas de Acapulco. El tremendo animal, de fauces temibles y de colores míticos ya había reclamado su primera víctima; una desafortunada turista a quien de un tajo le arrancó una pierna. El miedo despobló las olas y abarrotó las arenas con millares de ojos intimidados. Menos los de El Perro, hombre picudo, cobrizo, mal borracho, mujeriego, buzo y pescador, de nariz osca y pómulos hinchados, quien arengó su valentía escabechándola con, al menos, una docena de cervezas, para lanzarse contra la tintorera. Una épica batalla entre dos mitos enfrentados. La cacería se extendió hasta muy entrado el atardecer, cuando el horizonte se desparramaba ya en agrios bermejos. En el momento en el que la cruzada parecía no tener fin, El Perro se alzó victorioso contra el tiburón; quien con su muerte, consagró a Hilario como leyenda, como héroe local.

Con esta anécdota como eje articulador, Hagerman deshebra una nostálgica postal del Acapulco idílico que aguarda en una de sus muchas historias aún no contadas. Como una pequeña ventana que ilumina los tiempos turbios, este documental, es un empático rompecabezas que flota en los recuerdos colectivos de los calores del pacífico mexicano. Historias y recuerdos que cada espectador tiene en el fondo de sus álbumes familiares.

De esta forma, Vuelve a la vida es una historia que bien podría ser de aventuras, aunque atravesada por una de amor. Como la del romance y posterior matrimonio entre El Perro y la entonces top model Robin Sidney, estadounidense de nacimiento, aunque enamorada de México y de Hilario por convicción.

Si los mariscos aguardan sus sabores ante el primer mordisco, esta historia también lo hace. Así, esta entrañable evocación acapulqueña está presentada en coctel para saborear los ingredientes y los personajes: los camarones; el hijastro de Hilario y coproductor del largometraje, John Grillo; las almejas; los tres hijos de El Perro y Sidney; el cangrejo; los compadres; la jaiba; un periodista retirado y el jugo de limones conforman este Vuelve a la vida, como servido bajo la sombra arenosa de una palapa. Buen provecho.

por José Lagos

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